Dante salió de la casa de la playa con el cuerpo en llamas. Su respiración era un gruñido contenido y sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El rugido del motor rompió el silencio de la noche mientras aceleraba sin control. Maldita sea. Las fotos. Aymara. El cargamento. Todo en una misma noche. Era demasiado para ser coincidencia. Apretó los dientes con rabia. Las fotos seguramente venían de Leonardo, un nuevo movimiento en su maldito juego de manipulación. Pero lo del cargamento… eso era distinto. Alguien había hablado. Alguien había vendido información. Hay un traidor entre nosotros. Su mente trabajaba rápido, conectando piezas, descartando nombres. Leonardo era una rata, pero no tenía acceso a sus rutas. Y si no era él, ¿quié

