—Dame otra cerveza. —Franchesco golpeó suavemente la barra con los nudillos. El cantinero, sin preguntar, le sirvió otra botella fría. Franchesco la tomó con calma, dejando que el vidrio helado refrescara sus dedos, y justo cuando se disponía a beber, la puerta del bar se abrió nuevamente. El aroma caribeño llegó antes que su presencia. Un perfume cálido, con notas dulces y frescas, invadió el aire antes de que una mujer cruzara el umbral con una seguridad que pocos podían permitirse en un lugar como ese. Franchesco bajó la botella lentamente, su mirada atrapada en ella. La cubana. Valentina de la Torre. El recuerdo de aquel primer encuentro volvió con fuerza: su auto destrozado, la discusión acalorada y la forma en que ella, sin miedo ni titubeos, lo había desafiado como si él no fue

