La lluvia seguía cayendo sin tregua, golpeando con insistencia el asfalto mientras Aymara caminaba a paso ligero por la calle mal iluminada. La chaqueta de Dante no era suficiente para protegerse del aguacero. El agua empapaba su cabello y se pegaba a su piel, haciéndola sentir el frío en cada parte de su cuerpo. Aymara giró la cabeza con discreción y ahí seguía él. Dante, caminando con paso relajado, las manos en los bolsillos de su pantalón, como si la tormenta no lo afectara en absoluto. —Dante, ¿por qué me sigues? —preguntó sin frenar su paso. Dante arqueó una ceja, su sonrisa ladina apareció en su rostro. —¿Seguirte? No te des tanta importancia, salvaje. Vivo por aquí —respondió con esa voz profunda que a Aymara le daba escalofríos, aunque no quería admitirlo. —¿Vives aquí? —repi

