El domingo transcurría plácido en el pequeño refugio de Dante, con Aymara. El sol filtraba su luz dorada por las ventanas, y el aroma del café recién hecho flotaba en el aire. Aymara, vestida con unos shorts de mezclilla y una blusa de tirantes, estaba descalza en la cocina, moviéndose con la naturalidad de alguien que se siente en casa. Dante la observaba desde el sofá, con una taza en mano y una sonrisa satisfecha. —Voy a tener que contratarte como chef personal. —bromeó, inhalando el delicioso aroma de los panqueques que ella preparaba. —Ja, ja. —Aymara le lanzó una mirada burlona—. No podrías pagarme, así que mejor cállate y come. Dante se levantó, acercándose para besarle el cuello, pero justo cuando iba a atraparla entre sus brazos, la puerta sonó con fuerza. Aymara se apartó rá

