El sol apenas comenzaba a asomarse detrás de las montañas cuando Mateo y yo ya estábamos en marcha, listos para enfrentar otro día agotador en el complejo de cabañas. La nieve en la hilera de montañas brillaba bajo la primera luz del día, un recordatorio de la belleza que nos rodeaba, pero también de lo lejos que estábamos de la comodidad y la facilidad de una vida más sencilla. Cada día era una batalla, una lucha constante entre nuestras obligaciones laborales y el cuidado de nuestro pequeño Noah. El trabajo no se limitaba solo a la cocina y la recepción. Además de preparar los alimentos y gestionar las reservas de almuerzos, también teníamos que encargarnos de la limpieza del restaurante y de las habitaciones. No era raro vernos rodando un carrito pesado por el camino de piedras, cargad

