Ese mismo día, después de que fueron detenidos los dos empleados, salieron de la empresa a buscar a la madre de Ethan. El cielo estaba tan azul, sereno y limpio, que parecía burlarse de todo lo que habían vivido en las últimas semanas. Lía observaba desde el asiento del copiloto mientras la camioneta avanzaba hacia el hospital privado. Tenía las manos entrelazadas sobre el regazo, pero no conseguía mantenerlas quietas. Su ansiedad se traducía en pequeños movimientos nerviosos que Ethan no dejaba de notar. —Deja de retorcerte las manos, Lía —murmuró, con esa voz grave que, aunque débil por el cansancio, aún conservaba la firmeza de siempre—. Todo va a salir bien. Ella giró el rostro hacia él. Ethan conducía con calma, los vendajes todavía visibles bajo la camisa, como recordatorio de que

