Estaba sentada en su oficina leyendo sus funciones en un manual de cargos, cuando el teléfono del escritorio sonó. Era una llamada de Ethan. —Por favor, ven a mi despacho —pidió con tanta seriedad que ella no pudo evitar fruncir el ceño con preocupación. Cuando entró a la oficina de Ethan, sintió que el aire era distinto. Más denso. Más frío. Como si esa habitación tuviera su propia atmósfera, aislada del mundo, de los rumores y del escándalo que se había desatado momentos antes. Ethan estaba sentado detrás del escritorio, impecable como siempre, con una tasa de café intacta y una carpeta negra frente a él. No levantó la vista enseguida. La observó de reojo, como si midiera sus pasos, sus gestos, sus latidos. —Siéntate —ordenó, sin emoción. Se sentó. Pero no como una empleada obedient

