El test no mentía. Tampoco el mareo persistente ni la sensibilidad absurda a los olores. Ni la forma en que su cuerpo empezaba a sentirse como un campo de batalla entre lo que era y lo que estaba a punto de ser. Lía estaba embarazada. Y no sabía por dónde empezar a respirar. Estaba sentada en el borde de su cama, con la prueba positiva sobre la mesita de noche como si fuera una bomba sin detonar. Afuera, el ruido del tráfico y la vida cotidiana seguía como si nada. Como si no tuviera dentro de sí la noticia más grande, la más aterradora… y la más solitaria. Se llevó las manos al vientre. Aún no había cambio visible, claro. Pero ella lo sentía. Ese vértigo extraño en el estómago, esa fragilidad repentina en los pensamientos. Pensó en su hermana Sofía. En lo difícil que había sido todo,

