La luz de la lámpara de mesilla era demasiado brutal, demasiado amarilla. Cortó la penumbra del dormitorio como un cuchillo, iluminando la cara cansada de Ethan y la expresión de Lía, tensa como un cable a punto de romperse. Desde que conversó con su hermana, había crecido la inquietud en ella y necesitaba conversar con su esposo de una vez y qué le dijera lo que tenía. El aire olía a colonia cargada. —Ethan, ¿qué está pasando? —La voz de Lía no era un grito, era un filo, afilado por horas de silencio y de escuchar sus pasos nerviosos en el estudio de abajo—. Sofía ha estado muy preocupada y tú has estado como un fantasma, todo por esa maldita llamada. Él se frotó la nuca, evitando su mirada. El gesto le resultaba tan patéticamente familiar que a Lía le dio un vuelco el estómago. Era e

