El silencio después de esas palabras se volvió casi insoportable. No era un silencio frío ni distante, sino uno cargado de electricidad, como si cada respiración fuese una chispa que podía incendiarlo todo. Lía no se movió, siguió con los ojos fijos en él, sintiendo cómo la fuerza de esas confesiones le recorría la piel, derrumbando pedazos de los muros que había construido con tanto esfuerzo. Ethan, en cambio, parecía contener la respiración. Sus manos temblaban mientras no alejaba las manos del rostro de Lía. Seguía allí, a la expectativa, aguardando a que ella hiciera cualquier gesto que le dijera si podía avanzar o si debía retroceder. Nunca en su vida se había sentido tan expuesto. Había estado frente a numerosas personas poderosas, jueces, consejos de accionistas, rivales que p

