El avión privado de Ethan aterrizó en Nueva York al caer la tarde. No había dormido ni un segundo desde que dejó Boston. Su mente volvía una y otra vez a la sala del tribunal, al sello roto del sobre, a las palabras de la jueza, confirmando lo que él ya sabía en el fondo de sus huesos. Eilán era su hijo. Pero no era eso lo que lo mantenía inquieto, sino la conversación posterior con Lennox, esa sugerencia que aún le retumbaba como un eco incómodo. El coche lo llevó directo a la nueva casa. Desde la ventanilla, Ethan distinguió el jardín iluminado por las últimas luces del día. Allí estaban. Sofía correteando entre las flores, riendo a carcajadas, mientras Eilán la observaba sentado sobre el césped con su inseparable cuaderno en las rodillas. Lía, en el umbral, con los brazos cruzados, l

