El bip bip bip seguía repiqueteando, más firme, más decidido, como si de repente el corazón de Eilán hubiera recordado su propio ritmo. La enfermera se quedó con la mano en el goteo, la frente ligeramente fruncida. La luz azulada de los monitores le dibujaba sombras en el rostro. —Disculpen, pero ahora no pueden pasar. Esperen un momento que revisemos al paciente —expresó con una expresión de preocupación en su mirada. Abrió la puerta con un empujón suave, mientras Sofía se alejaba. —Doctor, en guardia, rápido —llamó—. Cambio súbito en el ritmo cardíaco de la cama tres. El pasillo se llenó de un murmullo inmediato, el siseo de zapatillas y el golpe seco de una carpeta. Ethan, que llevaba ya días de pie junto a esa puerta como un centinela, reaccionó antes de que la llamada terminara.

