Ese mismo día, Ethan se despidió de Lía y de Sofía, y salió a Boston. El rugido del motor privado apenas se escuchaba dentro de la cabina, pero para él era ruido suficiente para recordarle que cada segundo que pasaba lo mantenía lejos de la verdad. El vuelo había sido organizado en pocas horas, sin equipaje ni protocolos innecesarios. Solo él, tres de sus hombres de confianza y la determinación feroz que lo mantenía en pie. En la mesa abatible frente a él reposaban las carpetas que el investigador había enviado como anticipo. Papeles manchados de nombres tachados, informes médicos incompletos, documentos consulares y una fotografía borrosa de un muchacho tomada desde lejos. Ethan la había repasado tantas veces que ya podía trazar de memoria la silueta. Un niño de diez años, fotografia

