El primer rayo de sol se coló por el ventanal del techo como una caricia tibia, acariciando la piel desnuda de Lía. Tardó unos segundos en abrir los ojos, sintiendo el peso del sueño aún pegado a sus pestañas, y durante ese breve instante de inconsciencia, el mundo parecía perfecto. Silencioso. Cálido. Seguro. Pero fue al estirar la mano hacia el otro lado de la cama cuando todo se derrumbó. El lugar estaba vacío. Frío. La sábana arrugada delataba la presencia de un cuerpo que ya no estaba. La almohada seguía hundida, pero no quedaba ni el rastro de su aroma. No había taza de café, ni nota. Nada. Solo un hueco inmenso, gélido, donde él debería estar. Se incorporó con lentitud, sintiendo cómo el aire la golpeaba como una bofetada. El vestido seguía tirado en el suelo, testigo mudo de lo

