El precio de una deuda saldada.

1460 Words
El despacho de Ethan Blackwell era un santuario de acero, vidrio y silencio. A las siete de la mañana, todo el piso 48 parecía dormir, menos él. La ciudad todavía bostezaba tras los ventanales, pero su mente ya giraba con la precisión de un reloj suizo... y una imagen fuera de lugar. Ella. La de los ojos que no pedían permiso. La de las respuestas sin filtro. La que había puesto en pausa un beso con una sola frase. “Creo que el universo no quiere que me arrepienta.” —Señor Blackwell —dijo una voz desde la puerta. Era su asistente personal, Rowan Mercer. Alto, puntual, leal hasta la médula—. El informe que solicitó sobre la señorita Monroe está sobre su escritorio. Ethan no respondió de inmediato. Asintió con la cabeza mientras bebía un sorbo de su café n***o, como si eso fuera suficiente para ignorar el remordimiento que empezaba a morderle la nuca. Cuando Rowan se marchó, Ethan tomó la carpeta. Nombre completo: Lía Monroe. Edad: 23 años. Estado civil: Soltera. Residencia: Brooklyn. Familiares a cargo: 1. Sofía Monroe, hermana menor, tiene 10 años. Condición médica: Hospitalizada por enfermedad renal crónica, en espera de trasplante. Siguió leyendo en silencio, con los músculos tensos. Madre fallecida en un accidente de tráfico hace siete años. Padre alcohólico, abusivo, sin empleo fijo. Desde los 16, Lía trabajaba en múltiples empleos para sostenerse y cuidar de su hermana. Limpieza, atención al cliente, hasta clases particulares en bibliotecas comunitarias. Ethan apretó la mandíbula. No pudo evitar sentir una punzada en el pecho que no tenía nombre. Quizás rabia. O culpa, porque él sí había tenido una vida nueva. Tal vez… humanidad. Esa que creía haber enterrado hace años entre contratos, fusiones y whisky caro. No entendía por qué. No era la primera empleada con una historia dura. Él no era un salvador. Ni un hombre que se involucrara. Lo personal era un lujo que no podía permitirse. Y, sin embargo… Pulsó el botón del intercomunicador. —Rowan. —Sí, señor. —Contacta al hospital donde está internada la hermana de Lía Monroe. Realiza una donación bajo mi nombre. Que el tratamiento quede cubierto por completo. Que no vuelva a recibir una factura y pide información sobre el trasplante y busquemos un donante. Un silencio. Luego, la voz de Rowan, impecable como siempre: —Entendido. Ethan cerró la carpeta. La dejó a un lado como si acabara de leer un informe técnico cualquiera. Pero su cuerpo no lo creía. Seguía tenso. Su mente, atrapada en unos ojos que no lo dejaban en paz. No lo hacía por culpa. No lo hacía por lástima. Lo hacía porque, por primera vez en años, él había visto a alguien. Alguien que no pedía ayuda, pero que la merecía. Aunque se negara a aceptarla. **** Aunque la orden ya estaba dada, Ethan Blackwell no era hombre de dar instrucciones y olvidarlas. Necesitaba saber todo, medir consecuencias. Mantener el control, incluso cuando su instinto lo empujaba a lo contrario. Rowan regresó poco después, con una discreta carpeta negra bajo el brazo y el teléfono personal de Ethan en la otra mano. —Confirmado, señor. El hospital St. Joseph recibió la donación completa. Cubrirá el tratamiento dialítico completo de Sofía Monroe y las futuras consultas asociadas. También asignaron prioridad en la lista de trasplantes. —¿Dijeron algo más? —Solo agradecieron la generosidad de… usted. Ethan asintió, sin levantar la vista del ventanal. Afuera, la ciudad bullía. Miles de personas corriendo tras metas que nunca alcanzaban. Y él, que ya había alcanzado todo, no sabía qué demonios buscaba ahora. —¿Algo más? —preguntó Rowan, esperando una instrucción adicional. Ethan se giró al fin. Sus ojos estaban oscuros, enfocados. Fríos… y a la vez no tanto. —Que no le falte nada —dijo simplemente—. Si necesita un tutor en casa, que lo tenga. Si hay una opción médica mejor, quiero que la tengan en cuenta. Pero que no sepa que viene de mí. Rowan alzó una ceja. —¿Pero la donación la hicimos pública? —Bueno. No importa, aunque lo demás… hazlo que parezca casualidad. El asistente asintió sin más. Era bueno en lo suyo. Y, sobre todo, sabía cuándo no hacer preguntas. Cuando Rowan salió, Ethan se quedó solo en la oficina, con el zumbido del aire acondicionado y el peso invisible de su propia contradicción. No le gustaban las mujeres que hablaban demasiado. Ni las que lloraban. Ni las que esperaban cuentos de hadas. Había tenido amantes, muchas. Todas con límites claros, reglas claras. Ninguna cruzaba la puerta de su vida privada. Ninguna preguntaba. Ninguna se le metía bajo la piel. Entonces, ¿por qué diablos sentía que Lía Monroe lo estaba desarmando con una sola mirada? No te hagas ilusiones, se dijo. No era una historia de redención. No era amor. Ni siquiera obsesión. Era… curiosidad. Sí, eso. Una forma de estudio. Fascinación con algo que escapaba a su lógica: alguien que no quería nada de él… pero le estaba quitando el sueño, se dijo mentalmente para convencerse. Se sirvió un trago corto, sin hielo. Bebió de un solo trago. La quemadura del whisky no calmó la incomodidad. Su celular vibró. Un recordatorio de una reunión. Un correo de Harper. Un resumen de inversiones. Nada que le importara más que aquella imagen que volvía una y otra vez. Lía, parada en el pasillo, con los labios temblando, pero la voz firme. “No me trate como si fuera basura”. Ethan cerró los ojos un segundo. Esto no era un juego. No para ella. Y quizás… ya no para él. **** El reloj marcaba las seis y veinte de la tarde, cuando Lía cruzó las puertas del hospital St. Joseph con el mismo cansancio que cada semana le doblaba los hombros. Tenía el uniforme en una bolsa, el rostro agotado y los zapatos mojados por la lluvia insistente que azotaba Brooklyn como si el cielo también estuviera agotado de sí mismo. Se secó la frente con la manga. Había cobrado su salario esa tarde, y aunque la cantidad era mínima, una parte ya estaba destinada: el pago del tratamiento de Sofía. Siempre era lo mismo. Hacía la cola. Entregaba su identificación. La recepcionista buscaba en el sistema. Lía entregaba el sobre con efectivo. Le daban un recibo. Y se iba. Rutina. Pero esa vez, todo se salió del libreto. —Hola, vengo a pagar la cuota de Sofía Monroe —dijo, extendiendo su identificación. La recepcionista, una mujer mayor de voz amable y gafas gruesas, tecleó en su computadora. Frunció el ceño. Tecleó de nuevo. Volvió a mirar la pantalla. —Disculpe, ¿me repite el nombre? —Sofía Monroe. Diez años. Habitación 407-B. Vengo todas las semanas. —Sí… sí, la tengo. Pero... —La mujer ladeó la cabeza—. No tiene deuda. Lía parpadeó. —¿Perdón? —No debe nada —repitió la mujer, y le mostró la pantalla—. Aquí aparece una donación completa. Cubrió todas las cuotas pendientes y futuras. Lía sintió cómo se le escapaba el aire. —¿Una qué? —Una donación tanto para la paciente como al hospital. Fue registrada esta mañana. A nombre del señor… Ethan Blackwell. Boom. Ahí estaba. Como un disparo seco en el pecho. El corazón de Lía se revolvió. No era emoción. No era alivio. Era una mezcla peligrosa de rabia, vergüenza y algo peor: la sensación de ser observada… manipulada. —¿Está segura? —Por completo, aparece aquí como benefactor principal —confirmó la mujer—. Incluso dejó una nota para el médico de la niña, solicitando informes periódicos y el mejor equipo posible. Lía se quedó un segundo más de lo necesario frente al mostrador. Luego forzó una sonrisa, recogió sus documentos y se despidió con un “gracias” que le supo a óxido. Caminó por los pasillos del hospital como un torbellino silente. Ni siquiera subió a ver a Sofía. No podía. No así. No con ese nudo en el estómago. Cuando salió del edificio, la lluvia seguía cayendo con rabia. Pero no tanto como la suya. Apresuró el paso. Tomó el metro como si fuera una trinchera. Bajó tres estaciones después y cruzó la calle hasta el edificio donde trabajaba. Entró sin saludar al portero. Subió al piso 48 con la tarjeta de acceso que le había dado. Sabía que él estaría ahí. Sabía que no debía hacerlo. Pero ya no podía contenerse. La bronca se le subía por la garganta como lava. Porque ayudar sin pedir permiso no siempre es generosidad. A veces, es una forma elegante de control. Y si algo tenía Lía Monroe es que no le gustara que la controlaran.
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