La noche, había sido un lienzo en blanco para la mente de Lía, un espacio vacío de sueños, pero lleno del eco de las lágrimas. El llanto había secado su alma, dejando un dolor sordo y profundo en el pecho que no se iría pronto. Se levantó temprano, antes de que el sol se atreviera a asomarse por las ventanas. La decisión que había tomado en la soledad de la noche era como una armadura, pesada y fría, pero necesaria para enfrentar lo que se avecinaba. Había decidido ir a las instalaciones del edificio Blackwell un poco más temprano como se lo habían pedido en el mensaje. Llegó demasiado temprano. Al llegar, no pudo evitar sentir que su corazón latía con la fuerza de un tambor de guerra. El guardia de seguridad, un hombre de rostro amable que siempre la saludaba con una sonrisa, la miró

