El amanecer apenas despuntaba sobre la mansión cuando el murmullo de los últimos invitados de la boda se desvanecía en la distancia. La noche anterior había sido una sinfonía de risas, música y promesas; ahora, la mansión reposaba en un silencio casi reverente, como si comprendiera que aquel día comenzaba una etapa distinta para sus dueños. Lía despertó entre las sábanas blancas con el corazón palpitando todavía por las emociones de la víspera. La tenue luz que se colaba por los ventanales le dibujaba sombras doradas en la piel. A su lado, Ethan, con el cabello desordenado y la respiración profunda, dormía abrazado a ella como si temiera que el amanecer pudiera robarle aquel momento. —Ya es hora —susurró ella, rozando con la yema de los dedos la cicatriz que aún se adivinaba bajo su cla

