Tenía que meter la polla en algún sitio antes de que reventara. No hubo preliminares. Me dejé caer entre sus piernas y ella, con gran destreza, me guió directo a su cálido, húmedo y apretado túnel. Me sujetó entre las rodillas y alzó el torso para recibir mis embestidas con tanta fuerza que temí que algo dentro de mí se rompiera. También era ruidosa. Empezó a gritar tras la tercera o cuarta embestida, y empezamos a atraer a la multitud. Me hacía rebotar con tanta fuerza que me vi obligado a concentrarme en mantenerme en la silla, aunque ahora que lo pienso, no creo que hubiera forma de que me soltara antes de que terminara conmigo. Sus gritos se hicieron más fuertes y sus movimientos más salvajes hasta que sus ojos se pusieron en blanco y un profundo rubor inundó su pecho y aquella parte

