Caitlyn Harper Después de la boda, prácticamente huí de Dinamarca. No podía quedarme. No con esa mirada clavándose en mi alma… la de Gabriel, intensa, rota, suplicante. No estaba lista para enfrentarlo, ni a él ni al eco de todo lo que no pudimos ser. Aunque intento mantenerme firme, no puedo negar que me desconcierta profundamente la expresión de dolor en su rostro. ¿Cómo es posible que él, precisamente él, parezca ahora tan herido… cuando fue quien me empujó lejos, quien me cerró la puerta sin explicación ni consuelo? Me desconcierta, sí, pero no me engaña. No puedo permitirme caer —no otra vez— por palabras bonitas, por miradas que parecen prometer lo que nunca se atreven a sostener.. Tampoco por esa sonrisa ladeada que, alguna vez, supo desarmarme sin esfuerzo. Y mucho menos po

