ANNA KALTHOFF Atravieso el salón, que tiene un aspecto casi mágico por las tonalidades doradas que reflejan los rayos del sol de la tarde, que entran por el enorme ventanal. Camino sintiendo una paz y una felicidad que me hacen sentir como si caminara entre nubes de algodón. Me dirijo a la habitación que está al fondo del largo pasillo. Abro la puerta y aquella habitación está tan calmada y hay tanta claridad que todo parece irreal. Dirijo mi vista al centro de la habitación y entonces la veo. La preciosa cuna, tan blanca como la leche, desde la cual se emiten pequeños gorjeos que alegran mi corazón. Ensancho una sonrisa y avanzo hacia aquella cuna. Me detengo a un costado y me inclino sobre ella, admirando aquella cosita tan hermosa que dan ganas de comérsela. Lo tomo entre mi

