El chirrido de los neumáticos sobre el asfalto mojado era un sonido lejano, apagado por el rugido de la sangre en sus oídos. Kazuo no escuchaba más que el latido frenético de su propio corazón mientras sostenía a Sayuri contra él. La herida no paraba de sangrar y la presión de sus manos apenas servía para contener el desastre. Su respiración era rápida, casi un gruñido animal. —No te vas a ir, ¿me oyes? —susurró, como si la fuerza de su voz pudiera sostenerla en este mundo—. No te atrevas, Sayuri. El auto frenó de golpe frente a la vieja casa de madera escondida entre los árboles. La puerta se abrió antes de que el motor se apagara. Dos médicos, traídos a toda prisa, esperaban en la entrada. Kazuo no se detuvo a dar órdenes; los apartó de un empujón mientras entraba cargando a Sayuri. —¡

