«Dios mío, ¿Qué fue todo esto?» Pregunté en mi mente mientras miraba a Leroy arrodillado en frente de mí. Parece feliz, se le ve satisfecho, con esa actitud de haberlo logrado porque él todo lo puede. En sufrimiento imploré no volver a tropezar de este modo, seguir cediendo y cometer un error más grande que el que acabo de cometer y del cual me pueda arrepentir el resto de mi vida. Leroy no me inspira confianza. Su actitud egocentrista no da para inspirar la confianza de nadie, o por lo menos, yo lo percibo así. Para alguien como yo que soy respetuosa de las decisiones ajenas, su actitud invasiva y carente del interés de lo que él otro piense o sienta pasando por encima de ello para satisfacerse, no da para esperar buenas intenciones en lo que hace. Lo que acaba de suceder no hace sino

