La nueva vida de Alexandra. Capítulo 20.
Una extraña sensación se apoderó de Alexandra, era una mezcla entre miedo y desesperación, no podía arriesgarse a que alguien la reconociera, así qué corrió a toda prisa mientras el hombre desconocido iba tras ella.
– Señorita, espere, ¿Quién es usted?, ¿Qué hace en mi propiedad? – Decía el hombre intrigado ante la impactante figura de Alexandra.
Ella no contestó, por el contrario echo a andar más aprisa hasta que logró perderlo, estaba sobresaltada, el corazón parecía quererse salir de su pecho.
– Fue una imprudencia salir, ojalá no me haya reconocido – Pensó completamente preocupada.
Volteó para todos lados para cerciorarse que nadie la seguía, y al ver que todo estaba bajo control entro a la casa, fue a la cocina a prepararse un té, necesitaba tranquilizarse, calmar los nervios que sentía, se preguntaba quién sería aquel misterioso sujeto, seguro vivía en aquella impresionante hacienda que tanto le había gustado. Después de tomar la infusión, Alexandra se fue a la cama, tenía que reponer energías, pues el día siguiente definitivamente debía cambiar su imagen, quedarse tal y como estaba representaba un peligro muy grande ya que cualquiera podía identificarla. Se recostó, la suavidad de la cama y la hermosa vista del paisaje la reconfortaban, aquella casita a pesar de ser humilde y con tantas carencias, le había proporcionado la estabilidad y la tranquilidad que no tuvo en mucho tiempo. Incluso en su propia casa se sentía desfallecer ante tantas responsabilidades, su padre cada vez estaba más enfermo y a pesar de qué ella lo cuidaba con tanta dedicación, le dolía ver como poco a poco se le iban acabando las fuerzas, sufría en silencio para que él no se diera cuenta, siempre se preocupaba por lo que ella sentía, la amaba tanto qué no podía soportar que Alexandra sufriera por su culpa, los recuerdos y la melancolía la invadieron, pero al fin el cansancio la venció hasta que cerró los ojos y se quedó profundamente dormida. Al cabo de un rato empezó a soñar, eran pesadillas recurrentes que se empeñaban en atormentarla, se veía en esa clínica infernal, con esa camisa de fuerza que le imposibilitaban los movimientos. El miedo se apodera de ella cada vez que alguno de los médicos se acercaba, también las enfermeras o los guardias de seguridad, parecía que todos disfrutaban humillándola, propinándole golpes e insultos, su hermana se había encargado de diseñar un lugar de tortura para hacerle perder la razón.
– Por fin despiertas, aquí no estás de vacaciones muñequita, te quedaste dormida más de lo que debías Y voy a castigarte por eso – Le decía la enfermera Margaret mientras la jaloneaba.
– ¿Por qué me lastiman de esta manera?, Yo no hice nada malo para merecer esto – Dijo Alexandra aterrorizada.
– Tu hermana dice que sí, y ella es la que está pagando así que ella decide, y como yo soy muy obediente y además te detesto, tendré que obedecer sus órdenes al pie de la letra princesita – Contestó la perversa enfermera.
Clavó sus ojos llenos de maldad en ella, le quitó la manta que la cubría y comenzó a golpear su cuerpo sin piedad, poco a poco fue sacándole la ropa y propinándole azotes en las partes que quedaban expuestas. La joven se retorcía de dolor, no soportaba ser víctima de tanto sufrimiento, eran golpes tras golpes sobre los mismos lugares que no terminaban de curarse, todos los días una tortura diferente.
– Ya, déjame maldita, si dices que tanto me odias, ¿Entonces por qué no me matas?, ¿O acaso no te atreves?, Claro, no lo haces porque eres una cobarde, me golpeas porque sabes que no puedo defenderme, pero si tuvieran las manos libres huirías como un conejo asustado, porque los seres como tú sólo son valientes cuando llevan la ventaja, eres patética, una esclava de este mugroso sistema que se va a podrir aquí – Repetía Alexandra movida por el dolor y la impotencia lo cual hacía que la enfermera se llenara más de odio en su contra.
– Cállate, ¿Cómo te atreves a hablarme esa manera?, Mírate, ¿Acaso no has visto dónde estás?, Encerrada, acabada, aquí no eres nadie, sólo eres basura, a nadie le importas, y la que se va a podrir aquí eres tú – Espetó la cruel enfermera mientras seguía golpeándola.
La sangre caída sobre las heridas abiertas y punzantes que hacían que Alexandra se retorciera del dolor, su mirada estaba perdida, y su mente difusa tratando de imaginar una realidad diferente para escapar de aquel cruel tormento, los golpes se intensificaban y ella a veces gritaba y otras sólo se quedaba callada, la enfermera no soportaba su fortaleza y quería doblegarla a cualquier precio. Entre los gritos y maldiciones, Alexandra se despertó sobresaltada en su cama, tenía la respiración entrecortada y los latidos del corazón desorbitados, esas pesadillas eran un constante recordatorio de todo lo que había vivido, y tristemente esos recuerdos seguirían persiguiéndola tal vez por el resto de su vida, por eso necesitaba vengarse, necesitaba drenar un poco de todo lo que aquellos infelices le habían provocado, Y que, aún libre le seguían causando daño.
– Malditos, ni aún libre deja de atormentarme, ojalá sigan vivos para cobrarme uno a uno los golpes que me dieron, las humillaciones, los insultos y tanto sufrimiento, no les alcanzará la vida para arrepentirse, lo juro por la memoria de mi padre que es lo más sagrado que tengo – Exclamó Alexandra llorando amargamente, pero en forma silenciosa para no despertar a Diana .
Al principio le costó trabajo volver a conciliar el sueño, pero por fin pudo quedarse dormida, esperaba no volver a soñar, esas pesadillas le hacían tanto daño y a veces prefería mejor quedarse despierta para no tener que recordar esos días infernales en los que fue tan infeliz.
En la hacienda vecina, vivía un exitoso empresario que a pesar de tener mucha relevancia en los negocios, había preferido refugiarse en el campo después de haber perdido a su esposa, ese fatal accidente le arrebató la vida, lo único que quedó de ella fue ese inmenso amor que le profesaba y su pequeña hijita quien lo era todo para él, no obstante, desde aquella tragedia él no volvió a ser el mismo, su recuerdo lo atormentaba y decidió no volver a tener contacto con ninguna mujer, no quería volver a pasar por lo mismo, prefería estar solo y dedicar su vida al cuidado de su hija. Esta mañana la niña estaba un poco decaída, pasaba mucho tiempo sola y eso la desanimada, además era algo enfermiza y por más médicos que la revisaban, todos coincidían en que no era nada físico, los psicólogos infantiles no habían podido curarla de esa tristeza que se dibujaba en su pequeño rostro, quizá ver a su padre siempre con la mirada triste y con tan poca alegría, la desmotivaba a tal grado que le dolía seguir viviendo de esa forma.
– ¿Qué pasa mi pequeña?, Me dijo Flora que no quisiste comer, ¿Puedo saber por qué? – Le preguntó su padre a la pequeña niña que aún permanecía sobre la cama.
– No tengo hambre, quiero seguir durmiendo - Respondió con voz triste.
Adam estaba muy preocupado por su hija, de un tiempo a la fecha su salud estaba cada vez peor, necesitaba hacer algo definitivo para ayudarla, pues de cierta manera se sentía culpable porque él había estado sumido en su propio dolor y no le había dado la atención que la niña necesitaba. Por otra parte, en la casa de Diana, todas se disponían a desayunar, en sus caras se dibujaba la tristeza por la pérdida de Mariana, pero se habían propuesto salir adelante tal como a ella le hubiese gustado.
– Tienes mejor semblante, espero que hayas dormido bien – Expresó Alexandra.
– Me quedé dormida después de tanto llorar, estaba tan cansada que no supe en qué momento fue que me dormí –.
– En cambio a mí me da miedo hacerlo, en cuanto cierro los ojos esas pesadillas empiezan a aparecer, son los recuerdos vividos en aquel maldito lugar que me persiguen – Dijo ella.
– Quisiera poder hacer que ese dolor desaparezca mi niña, tal vez vas a necesitar apoyo psicológico, una terapia qué te haga superar todo lo que viviste – Explicó Diana.
– Sí, tal vez más adelante, por ahora lo único que necesito es planear mi venganza. Perdóname, no debería decirte esto, tú estás sufriendo tanto ahora, no me hagas caso –.
– Lo primero que debes hacer es superar todo esto, si quieres hacer justicia, necesitas estar bien, ser fuerte pues de otra manera no tendrás la fortaleza para poder enfrentarlos – Sugirió Diana.
– Tienes razón, y lo primero que tengo que hacer es cambiar mi imagen, necesito verme diferente para poder comenzar una vida nueva – Concluyó.
– Estoy de acuerdo, dejarás de ser Alexandra para convertirte en Mariana, eso será tu nueva vida, una nueva personalidad y un nuevo nombre que te ayudarán a dejar el pasado atrás y a enfrentar la vida como mi hermana –.
– Desde qué llegaste, te vi como mi hermana, gracias por todo lo que hiciste por mí Diana, habría estado perdida sin ti, te quiero tanto – Exclamó Alexandra dándole un fuerte abrazo a su amiga después.
Después del desayuno, la transformación comenzó, necesitaban lograr que ella se viera completamente diferente, Mariana tenía gran afición por el maquillaje, en eso invertía sus largas estadías en la cama debido a la enfermedad, así que utilizaron todos los cosméticos, los tintes, la ropa y los accesorios para convertir a Alexandra en una nueva persona.