Alessandro Cuando Gabriel salió al jardín, la habitación quedó envuelta en un silencio espeso. La luz del atardecer caía oblicua sobre los muebles antiguos, tiñéndolo todo con un tono dorado y triste. Ginevra permaneció de pie, cerca de la ventana, observando al niño jugar. Su silueta recortada contra la claridad me resultaba casi irreal, como una sombra que había regresado de un sueño que intenté olvidar. —¿Por qué me trajiste aquí? —pregunté al fin. —Para que veas las consecuencias de tus decisiones —respondió sin girarse. —¿Mis decisiones? —mi voz subió, quebrada por la rabia. —¡Tú fuiste quien lo provocó todo! ¡Tú me drogarte, Ginevra! ¡Jugaste conmigo! Ella se volvió lentamente. Sus ojos, fríos, parecían disfrutar de mi desesperación. —Tenía que hacerlo —dijo con calma. —Si

