Aleksy Ivankov conocía tantos pecados que colgaban de mis espaldas que, de volverme, de seguro me asesinarían. Pero había uno de ellos en particular que destruiría todo lo que una vez logré para mí misma. No había más verdad que esa, y ciertamente, no había ningún otro chantaje silencioso que la amenaza de develar aquel secreto. Caminamos a una distancia prudencial uno del otro hasta la entrada principal de La Residenza, donde yo me dispuse a conducir mi auto hasta cualquier restaurant que el ruso escogiera y allí estar sujeta a todas las amenazas que quisiera lanzar contra mí. —Iremos en mi auto —me habló él en calidad de orden abriendo una de las puertas traseras para mí. Era uno de esos molestos autos que tenían los asientos traseros separados de los del conductor por un grueso crist

