Capítulo 8: Dignidad

1827 Words
Si mis primeras palabras no habían sido lo suficientemente claras, de seguro mi amenaza de despedida había servido para llamar a la Decana Devi a sus sentidos. Ella llamaría a Marco y le haría estar presente en la reunión. De todo lo demás me encargaría yo. El otro asunto que necesitaba mi atención aquella tarde, era un poco más delicado, y también, mucho más a mi gusto. Los negocios se me daban bien. Era diestra en convencer a las personas para que hicieran las cosas de acuerdo a mi diseño, pero de vez en cuando, me apetecía que alguien se interpusiera en mi camino. Me gustaba aquel descaro de decirme que no. Que yo, Alicia Salvatore, no podía tener algo, era un reto personal y me lo tomaba como tal. Por otra parte, si tanto me gustaba que fueran en mi contra, así mismo detestaba que fueran a por aquellos que quería, siendo Rafael el más importante para mí de todos los Piccolomini. Al llegar al auto, le dije al chofer que siguiera mis indicaciones por la ciudad hasta llegar a mi destino y que luego me esperara a una distancia segura hasta que recibiera mi llamada. Él no se opuso, pues estaba al corriente de que, si no quería ser despedido, era mejor no hacer preguntas o cuestionar los deseos de su jefa. Aun así, no estuvo del todo de acuerdo con mis órdenes. Cerca de las seis de la tarde, todos mis preparativos estaban listos. Solo faltaba la llegada del invitado especial de aquella preparada velada. —¡Cariño! ¡Estoy en casa! —anunció el recibidor de todas mis atenciones haciendo su entrada triunfal por la puerta principal de su casa. —No creo que tu cariño pueda hablar, pero estoy segura que se alegra mucho de verte —hablé yo, sentada en la escalera principal, apuntando una pistola con silenciador al cuerpo atado de manos y pies que esperaba a mis pies. Fue inevitable no sonreír al ver la macabra expresión de miedo que se extendió por el cuerpo del Fiscal DiMaria al verme allí, dentro de su casa, su supuesto lugar seguro, y con su esposa atada, amordazada y con los ojos vendados, retorciéndose debajo de mí. —¿Qué diablos? —se espantó él e hizo por buscar la pistola que tenía en su cinto, pero con un disparo mío por encima de la cabeza de su esposa, gané su completa atención otra vez. —Es que no eres para nada inteligente, DiMaria —sentencié, haciendo oídos sordos a los gritos de la mujer, ahogados por el pañuelo en su boca—. Realmente, debes ser alguna marioneta de alguna otra familia que está intentando pescar un pez gordo como nosotros. No hay otra explicación para tu estupidez. —¡Por favor, no le hagas nada a mi esposa! —dijo él cuando le extendí la mano y le quité la pistola que cargaba con él—. Si quieres arreglar cuentas, es solo conmigo. —Lo dudo —negué con la cabeza—. ¿Quién te dio los estados de cuenta de Rafael Piccolomini? —exigí, volviendo a apuntar a la cabeza de su esposa. —No puedo Disparé otra vez y esa vez fue un poco más abajo del otro disparo haciendo que el hombre cayera en la desesperación. —¡No sé! —gritó y esa vez, era verdad. Había estado cerca de muchos desesperados como para saber cuándo mentían y cuándo estaban lo suficientemente acorralados como para decir toda la verdad— ¡Fue una pista anónima! ¡Un informante desde adentro que me hizo llegar todo por una vía segura! ¿Un informante? ¿Un topo? Pocas cosas podían sacarme más de mis cabales que la insinuación de un traidor. —¡Sé lo que estás pensando, y no es Rossi! —exclamó el hombre. —Rossi no tiene los huevos para jugar a dos bandos, sin embargo, no estoy pensando en él —dije acercándome a él y presionando el silenciador contra su frente—. Dime, DiMaria, ¿cómo prefieres morir? Una hora más tarde, y luego de cumplir con mi palabra a los últimos deseos de Lorenzo DiMaria, la puerta principal de la Residenza se abría para mí. Mi chofer había perdido los colores al recibir mi llamada y verme limpiando las gotas de sangre que había manchado las mangas de mi chaleco beige. Palideció aún más cuando le dije que metiera el cuerpo atado con una cortina en el maletero del auto. Dentro de la casa, la recepción había comenzado, y tal y como dictaba una cena familiar entre los Piccolomini, estaban invitados todos los aliados de la mafia y algún que otro contrincante en un estilizado trato de tregua momentánea para hablar de negocios mientras se derrochaba riquezas y buenos tratos. —Señorita Salvatore, ¿no se va a cambiar de ropa? —preguntó el chofer sudando en el asiento delantero al ver que mi intención era entrar en aquella recepción con las manchas de sangre en mis mangas y mi cuello. —Haz lo que te he ordenado —hablé con un tono que lo hizo temblar en el lugar. Salí del aparcamiento y me dirigí al patio, donde el staff del cáterin se apartó tirando algunas copas de champagne al verme entrar. En la distancia, Ekaterina y Lucio presidían la reunión dándole la bienvenida al Señor Conti, que soltó un Dios nos salve al posar sus ojos de sapo sobre mí. Lucrezia no había llevado a los niños. Aquella era la primera regla de las cenas familiares. Nunca lleven a los niños, pues alguien va a morir. —¿Tarde movida? —me preguntó la rubia metiendo una pastilla morada en el bolsillo de mi chaqueta, mientras yo caminaba con la pistola en la mano hasta la mesa central, en aquella donde Rafael había tomado asiento junto a Marco Novona. Según aquel pintor, él sabía quién era yo. Me hubiera gustado preguntarle si había visto el vacío en mis ojos antes, o si pensó que yo fuera capaz de asesinar a alguien solo por ir en contra de mi familia. Por la expresión desencajada en su rostro al verme soltar el chaleco en medio del césped y arrastrar el bulto en el que se había convertido el Fiscal DiMaria, atado de manos y pies dentro de una de las cortinas de su casa, aquel chico no sabía absolutamente nada de mí, o al menos de la persona en la que me había convertido. Rafael detestaba verme así. Lo veía en sus ojos y en lo tenso de su mandíbula, mientras se obligaba a apartar la mirada, aunque Lucio se estaba dando un festín con mi crueldad y urgía a su hijo a admirar como se resolvían los problemas en la familia. —El Fiscal Lorenzo DiMaria tiene un topo anónimo que le informó de los estados de cuenta de Rafael —anuncié mientras liberaba a un golpeado hombre de las ataduras de la cortina morada y le apuntaba con la pistola en la sien. Detrás de mí, mi primer guardaespaldas, Corlio, replicaba mi movimiento y se aseguraba de que el fiscal no se moviera—. La acusación de malversación de fondos y lavado de dinero ya se ha puesto en marcha, no obstante, con la repentina desaparición del fiscal y de su esposa, será difícil continuar con el caso. Ahora bien, Capitán Rossi —hablé, moviendo mi pistola hacia el policía corrupto y haciendo que el hombre levantara las manos en el aire con una mirada de pánico en el rostro—. Tranquilo —le sonreí al ver su reacción—, nunca dudaría de su poco intelecto, sin embargo, que quede como un mensaje en esta cena familiar: Alicia Salvatore va a ajustar cuentas con cualquiera que intente traicionar a los Piccolomini. No será il signore. No será Aleks. Será Alicia Salvatore. Ante mis últimas palabras le di mi cara al fiscal que esperaba de rodillas en medio del césped del patio y había acabado de hacer una oración por su alma. Tiré del gatillo y enterré la bala en el pecho del hombre. Al suelo cayó un cuerpo sin vida, pues, a diferencia de todos mis asociados, no disfrutaba la tortura, sino que siempre opté por una muerte limpia. El único que se vio afectado por las recién arregladas cuentas entre el fiscal y yo, fue Marco Novona. Por la falta de color en su rostro, estaba más que claro que estaba a un paso de desmayarse o de vomitar, al ver que la sangre del fiscal había pintado el mantel blanco de la mesa y parte de su traje. Caminando hacia él, pude ver que era incapaz de apartar sus ojos de los mío, mas, en los de él había una inconfundible sombra de terror. —De seguro viniste a esta cena a dejarme bien claro que no te interesaba hacer negocios conmigo o con Rafael —le dije cuando estuve frente a él—. De igual forma, supusiste que no perderías nada al negarte y que todo lo que le había dicho a la Decana Devi acerca de llegar a tu familia en Inglaterra había sido un farol. Marco continuaba sin poder hablar, aunque su expresión lentamente se tornaba menos receptiva al miedo y más al odio. —¿Mantienes que no quieres tener nada que ver con mi familia? —pregunté haciendo notar que aún llevaba la pistola con la que acababa de matar a un hombre en la mano. —Eres una asesina —respondió él encarándome al ponerse en pie y doblar mi estatura. Al ver que mis guardaespaldas se apresuraron a intentar separarlo de mí, les dije con un gesto de mi mano libre que se alejaran. Marco, bajando la voz, continuó—. Tu familia es la escoria de este país. Una sonrisa mía fue suficiente para hacer que su rostro volviera a desencajarse y se fundiera en una mueca de repulsión total. —Pensé que dirías eso —dije y le hice una señal a Corlio, que esperaba detrás de Marco—. Con cuidado. No dañes sus manos —hablé y el hombre forzó al pintor a arrodillarse en el suelo con un movimiento. El guardaespaldas sometió sus manos para que Marco no pudiera librarse mientras yo colocaba la pistola con la que había matado al fiscal entre sus dedos. Volví a apretar el gatillo, entrelazando sus dedos con los míos y el disparo fue a parar al césped. —Trabajas para mí, ahora —sentencié al ver que Corlio soltaba a Marco, quien se retorció en el suelo con una mirada de terror en el rostro—. De otra forma, el capitán Rossi va a encontrar esta arma y, por supuesto, serás el asesino del Fiscal DiMaria. Me agaché junto a él y le susurré al oído: —Bienvenido a la Familia.
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