Capítulo 3: Una Cuestión de Apreciación

1994 Words
Supongo que sabía a la perfección que llegaría el día en el que alguien tuviera el descaro de decir quellas palabras frente a mí. Sabía quiénes lo decían a mis espaldas, pero se cuidaban de decirlo en mi cara. Finalmente había llegado el momento en el que mi respeto colgaba de un fino hilo. — Eres el eslabón débil de La Familia... —había dicho el capitán Rossi. —Cuida tus palabras, Rossi —amenazó Lucrezia, pero la detuve con un gesto de mi mano. —Soy cuidadoso de mí y de mi familia, Signora —prosiguió el capitán—. Van a por usted. Su bar no es suficiente para lavar el dinero que usted posee. —El bar es uno de mis tantos negocios, Rossi —me apresuré a cortar sus palabras—. Soy benefactora de varios bufetes de abogados bajo pseudónimos que pueden ser rastreados de vuelta a mí. ¿El motivo? No me interesa que escoria como tú esté al corriente de mis cuentas —Rossi hizo una mueca de desprecio—. Y en cuanto al arte, no se preocupe. Esta noche firmaré a un artista bajo mi ala. Después de todo, ser consultora de algún prominente pintor siempre trae una remuneración considerable. —No sabía que tenías en la mira a un artista en específico —comentó Ekaterina con una sonrisa, pero yo sentí la presión de mi mentira cuando se me erizaron los pelos de la nuca. —Lo tendré —respondí atrevida—. Sabes que consigo todo lo que quiero. —No me cabe duda, sorella —rió Lucrezia. Mi planteamiento no era tan descabellado cómo podía parecer. Después de todo, gracias a la invitación de Rafael, esa misma noche estaría en compañía de varios artistas que agradecerían tener una patrona como yo, aunque ninguno de ellos podría darle uso a mis habilidades como abogada porque no eran tan famosos como mis honorarios regulares lo exigían. Aún así, era un punto de avance. Los asuntos en la junta de jefes se solucionaron relativamente rápido con un voto familiar, que era como siempre se solucionaban ese tipo de asuntos. Para más comercialización del GB54, era necesaria su distribución en otros barrios, así que había que llegar a un consenso con las familias opuestas. —Alicia se encargará de las negociaciones con los Conti para acceder a su territorio —asintió Lucio Piccolomini. —Solo estaré dispuesta a negociar hasta un 6% de las ganancias —recalqué de inmediato y la junta se sintió satisfecha. El reloj apuntó las 3 de la tarde cuando terminé de acordar los términos con la familia Conti. Fueron necesarias menos amenazas de las usuales, pero era que Francesco Conti estaba acostumbrado a mi forma de abordar sus miedos y explotar sus debilidades. —Un 6% es un robo... —intentó refutar Francesco una última vez antes de estrechar mi mano en su sala de reuniones. —Es más ganancia de la que mereces, desde aquel incidente en el que robaste las armas de mis cargamentos —presioné una última vez para que no continuara con sus absurdos regateos que no iban a parar en ningún lugar. Cuando finalmente pude llegar a mi apartamento, el tiempo se tornó corto entre las preparaciones para asistir a la gala, la revisión de mis cuentas bancarias y las ganancias reales del Osidian, que eran las que me correspondían, independientemente de los porcientos del lavado de dinero que se hacía con ese negocio legítimo. Luego de un relajante baño en el que me recordé que aquella sería una noche perdida, me dispuse a adentrarme en el closet para escoger con algo de aburrimiento mi atuendo de aquella noche. Había algo que me invitaba a llevar un Valentino esmeralda que había comprado hacía poco tiempo y nunca había encontrado la ocasión para usarlo. Era un vestido elegante de satén y encajes entrelazados en un complicado diseño que realzaba mis curvas. Nunca había sido una chica voluminosa. Era más bien esbelta, con largas piernas y delgados brazos. A menudo las otras mujeres envidiaban mi figura o me preguntaban qué rutina de ejercicios seguía para tener aquel físico. La verdad, siempre lo atribuía a la genética, aunque no reconociera a mis padres en las fotos que observaba en los periódicos posteriores al tiroteo. Tanto mi madre como mi padre eran de cabello oscuro y aunque no se observaba bien en las fotos en blanco y n***o, era perceptible que sus ojos eran claros. Mi hermano era igualmente de cabello n***o lacio y ojos claros. En el reportaje póstumo y público, no se difundieron las imágenes de las víctimas muertas, sino que los periódicos se dieron a la tarea de buscar fotos anteriores al accidente. La única que fue publicada de dos de los tres niños que estábamos presentes en el tiroteo fue una que compartíamos mi hermano y yo en algún parque, completamente irreconocible para mí. Si tenía 14 años al momento del tiroteo, en la foto no debía tener más de 12. Mi hermano estaba riendo a mi lado mientras yo me aferraba a un columpio con tanta fuerza como si se me fuera la vida en ello. Cuando pequeña, era de cabello castaño enmarañado, no tan oscuro como el de mi hermano y los ojos más almendrados que los suyos. Aún así, había cambiado a lo largo de los años. Ahora mi cabello era rubio, teñido con dos tonos más bajos que mi color natural, pero aún así, era mucho más claro de lo que solía ser. Mis ojos eran almendrados, sí, pero carecían del color claro del resto de mi familia biológica. Habían adoptado un color miel que relucían más claro gracias a mi cabello. El vestido esmeralda se ajustaba a mi silueta tan perfectamente que parecía una segunda piel. Lo acompañé con unos stillettos negros Jimmy Choo y un bolso Dior. El collar Tiffany era de diamantes y esmeraldas; el regalo que recibí de Lucio cuando recibí mi diploma de Harvard. Había costado más dinero del que nunca había imaginado, y aún así era un pago pequeño para la enorme cantidad que le había hecho ganar gracias a mis litigias en sus tribunales. Despaché al chófer esa noche. Me apetecía conducir yo misma y no quería a ningún chico asustadizo al volante, así que le avisé a Rafael que lo encontraría dentro de la galería. El tráfico de la noche temprana ayudó a que llegara sin mucha demora a la galería donde se celebraría la exposición. La Universidad había rentado la Galería Doria Pamphilj para el evento y agradecía la sofisticación de la localidad, aunque no estaba segura de la calidad del arte que encontraríamos allí. La presentación del evento prometía ser cosmopolita, lleno de ideas nuevas y elegantes. Al menos la elegancia no decepcionó cuando accedí a probar una copa de champagne de una de las meseras que esperaba en el recibidor. Me adentré en la sala destinada al evento y observé los rostros absortos de los visitantes. Aquellos que esperaban en el fondo de la galería o caminaban con el pecho erguido entre los observantes del arte, debían ser los profesores o miembros de la junta de la universidad. Había algunos nombres conocidos entre los benefactores y par de rostros familiares a mí gracias a las compras de Rafael. Aquellos que esperaban junto a las obras y se negaban a moverse de ahí, eran los autores de las mismas: los estudiantes del posgrado de bellas artes. Y luego, los que como yo, no estábamos cien por ciento interesados en ver el mismo planteamiento del 'amor etéreo', se congregaban en la barra, que prometía ser libre. Por el momento, solo estaba un joven. De unos 30 años, aunque con apariencia más joven. Tenía el cabello n***o peinado hacia atrás, aunque unos mechones rebeldes de empeñaban en caer sobre su frente y cubrir una pequeña cicatriz sobre su poblada ceja izquierda. Los ojos, verdes y brillantes bajo la luz amarilla de una obra cercana y chispeantes por el reflejo del vaso de whisky en su mano. Y aunque su vestimenta era formal en casi toda la regla, llevaba el botón superior de su camisa abierto y la ausencia total de una corbata o de algún pañuelo en la solapa de su traje azul marino oscuro. Escudriñé el lugar con la mirada pero no pude encontrar a Rafael, así que opté por esperarlo en la barra. Eventualmente él daría conmigo, o se hartaría de mi falta y me llamaría por teléfono. Dejé la copa de champagne vacía sobre la barra, a una considerablemente distancia del desconocido que no había levantado una sola vez su mirada de la copa. —¿Champagne? —preguntó el bartender. —Gibson, por favor —pedí en un tono suave y alcé la mirada a la sonrisa del bartender. Al parecer, finalmente alguien le pedía algo diferente al genérico champagne. La música ambiental que pagaba la galería se metía en mis oídos revolviendo mis sentidos, o, más bien, adorméciendolos. La soñolencia comenzó a apoderarse de mí en el primer trago de aquella sofisticada variación del clásico martini. —Quizás debería irse a un lugar mejor —opinó el bartender en un movimiento atrevido al verme reparando la habitación en busca de algo interesante para ver—. No diga que yo le dije, pero no hay nada que valga la pena en este lugar, excepto usted. Yo agradecí el atrevimiento del bartender, pero más aún, el hecho de que sus palabras llamaron la atención del muchacho que estaba en el otro costado de la barra, haciendo que sus ojos se posaran en mí y se adentraran en mi piel con singular interés. —Tal vez mi noche no sea tan prometedora como yo esperaba —respondí a sabiendas que la contradicción entre mis palabras y la opinión de aquel muchacho de ojos verdes, que claramente era un artista, podría hacerlo entrar en un debate. —¿Qué defines cómo una noche prometedora? —finalmente habló el extraño desde su asiento y dejando el vaso de whisky a las rocas sobre la barra. Sus ojos atigrados se enterraban en mí con inusual interés. —Una en la que pueda descubrir cosas nuevas. Incluso, una que me aporte una buena conversación. —Otra típica aventurera más —rió el muchacho tomando un último trago y, dejándome con la palabra en la boca, se fue de su asiento, internándose entre las personas que se arremolinaban en uno de los salones. Su desinterés había sido abismal. Había pocas cosas que me molestaban más que el hecho de ser ignorada y aquel tipo había hecho exactamente lo que más odiaba: dejarme esperando más y con la palabra en la boca. —¡Pero, querida! —exclamó Rafael interponiéndose en mi camino y haciéndome perder al impertinente muchacho entre la gente—He estado esperándote más de un cuarto de hora. Tendría que haber sabido que me esperarías en la barra. Rafael me recibió con un abrazo. Si cabello rubio, justo como el de su hermana y su madre, caía en risos sobre su cara sonrojada ya por el champagne. Su sonrisa era amplia y estaba acompañado de una mujer vestida con un elegante sari naranja y dorado que se estremeció al verme. —La decana Devi estaba presentándome a sus profesores y estudiantes más prominentes —dijo Rafa presentándome a la mujer que extendió la mano para recibir mi saludo con cierto recelo e incapaz de sostener la mirada—. Lucrezia me dijo que estabas buscando ser la madrina de alguno de los artistas de esta sede. Tengo que decir que me tomó por sorpresa, sobre todo conociendo tu pensar acerca del arte en general —Son solo estrellas en ascenso —dijo la decana, aliviando mi tensión—. Todo el arte es apreciativo. —Concuerdo —sobreí—. Y desde esta silla no puedo apreciar mucho de los artistas que prometen.
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