La iglesia que los chicos habían elegido era muy bonita, muy grande y cuando entré y vi todos esos cuadros que parecían hechos de oro, pinturas, más que una iglesia parecía un salón de arte. —Esto es todo oro —dice Mateo, yo lo miro sorprendida. —¿Enserio? —pregunto, él asiente. —Esta iglesia era una a la que de vez en cuando la madre de Mateo nos traía, un día hablamos con el padre encargado y nos lo confirmó — —¡Dios, podrían curar el hambre en la tierra con todo esto! —digo, la verdad nunca he sido fan de la iglesia, mi madre era creyente pero yo acostumbraba a siempre estar cuestionando las cosas, y me parecía demasiado irreal, por supuesto respetaba otras ideologías, aunque yo no las compartiera. —Bueno, no sé si toda, pero ayudarían a varios países realmente pobres —dice, y

