Capítulo 6
¿Una esposa?... ¿Ella?
Adrik
Tal y como lo había dicho Lucía, Ciro ni siquiera esperó a ver quién entraba a su habitación. En cuanto Valentina cruzó la puerta, el pequeño alzó sus brazos hacia ella, exigiendo que lo cargara.
—Mmm… —balbuceó el bebé con una pequeña sonrisa, estirando sus manitas.
Adrik, de pie junto a la puerta, observó la escena con incredulidad. No podía entenderlo. Ciro nunca reaccionaba así con nadie. Siempre lloraba, se ponía inquieto, incluso con Lucía, a quien ya conocía de hace tiempo. Pero con Valentina… era completamente distinto.
—Hola, pequeñito —dijo Valentina con dulzura mientras lo tomaba en brazos—. Vamos a comer, ¿sí?
Ciro apoyó su cabecita contra su hombro con una tranquilidad que Adrik jamás había visto antes.
En ese momento, Lucía entró en la habitación y se detuvo al ver la escena. Su expresión fue de asombro y satisfacción.
—Ya veo que no exageré cuando dije que te prefiere —comentó con una sonrisa.
Adrik apretó los labios, sin saber qué pensar al respecto.
—Esto es… poco usual —murmuró, aún sin salir de su asombro.
Valentina le acarició la espalda al bebé con suavidad mientras asentía.
—No sé por qué, pero parece que nos llevamos bien.
Lucía cruzó los brazos y miró a Adrik con una ceja en alto.
—Pues ahí lo tienes. Ciro ya tomó su decisión.
Adrik suspiró, sintiendo que estaba perdiendo el control de la situación. No le gustaba depender de nadie, mucho menos de una extraña. Pero su hijo necesitaba comer, necesitaba estar bien.
—Está bien —cedió finalmente, sin ocultar su incomodidad—. Haz que coma.
Valentina rodó los ojos ante su tono seco.
—No tienes que pedírmelo como si fuera una orden —le respondió, mientras se dirigía con el bebé hacia la mesa—. No estoy aquí por ti, sino por él.
Adrik entrecerró los ojos ante su respuesta, pero no dijo nada. Solo se quedó observando cómo, por primera vez en mucho tiempo, Ciro parecía tranquilo en los brazos de alguien.
Lucía se acercó a Adrik en cuanto Valentina bajó las escaleras con Ciro en brazos. Él seguía de pie junto a la puerta de la habitación, observando con el ceño fruncido cómo el bebé se mantenía tranquilo con ella, como si todo estuviera en orden en su pequeño mundo.
—Adrik, debes hacer algo al respecto —murmuró Lucía con seriedad.
Él suspiró pesadamente, pasando una mano por su rostro.
—Lo sé, debo hacer que se enamore de mí. ¿Es eso? —preguntó con ironía, cruzándose de brazos.
Lucía asintió con tranquilidad, como si fuera lo más obvio del mundo.
—Sí. En este caso, no creo que algo arreglado funcione, Adrik. Y tal vez, con el tiempo, termines queriéndola y no sea necesario que yo siga buscando a alguien más para ti…
Adrik soltó una risa sarcástica, ladeando la cabeza con incredulidad.
—¿Qué dices? Mira, no exageres con la confianza que te tengo. Obviamente, no puedo aceptar a alguien así. Necesito a una mujer que al menos sea…
Se detuvo, sin saber exactamente cómo completar su frase.
—¿Digna de tu apellido? ¿De tu estatus? —Lucía arqueó una ceja, cruzando los brazos—. ¿O quizás buscas a alguien que no represente un problema emocional?
Adrik apretó la mandíbula, mirando de reojo a Valentina, quien en ese momento se sentaba con Ciro en el sofá para intentar alimentarlo. El bebé se veía relajado, como si estuviera exactamente donde quería estar.
—No es tan simple, Lucía —dijo finalmente, con voz baja.
—No, no lo es —coincidió ella—. Pero, por primera vez en semanas, Ciro está bien. Y eso debería ser más importante que cualquier plan que tengas en tu cabeza.
Adrik la miró con seriedad, sin responder de inmediato. No le gustaba admitirlo, pero Lucía tenía razón. Su hijo había encontrado a alguien con quien sentirse seguro, y si quería que mejorara, no tenía más opción que seguirle el juego a esa mujer.
—Haré lo que tenga que hacer —murmuró, casi para sí mismo.
Lucía sonrió con un deje de triunfo.
—Eso espero, Adrik. Por el bien de Ciro… y el tuyo también.
Valentina suspiró y acomodó a Ciro en la cuna con suavidad. El bebé parecía tranquilo después de haber comido, algo que la llenaba de alivio.
—Bueno, creo que ya me iré a mi casa —dijo, estirándose ligeramente.
Adrik, que la había estado observando en silencio, se enderezó y apoyó una mano en su muleta antes de responder.
—Quédate a comer —dijo sin rodeos.
Valentina lo miró con sorpresa, como si no estuviera segura de haber escuchado bien.
—No quiero ser una molestia. Ya hice lo que vine a hacer —respondió con naturalidad.
Adrik inclinó levemente la cabeza, analizándola. Sabía que, por su posición, debía presentarse ante la sociedad como un hombre casado. Había lidiado con mucho siendo el hijo bastardo de su padre, soportando miradas de desprecio y críticas durante años. Sin embargo, a pesar de todo, su padre biológico había colocado una cláusula en su testamento que no podía ignorar: debía estar casado y con un hijo para reclamar su herencia.
Y ahora tenía un hijo. Solo le faltaba una esposa.
—No es molestia —insistió con su voz grave y controlada—. Además, Ciro se siente bien contigo. ¿No quieres asegurarte de que pase un rato más tranquilo?
Valentina vaciló, mordiendo su labio inferior. Miró al bebé, quien jugaba con sus deditos sin preocuparse por nada.
—No sé…
Lucía intervino en ese momento, con una sonrisa amable.
—Vamos, Valentina. Has estado ayudando mucho. Quédate a almorzar con nosotros.
Ella suspiró y asintió finalmente.
—Está bien, pero solo un rato.
Adrik forzó una sonrisa, aunque por dentro ya estaba pensando en los siguientes movimientos que tendría que hacer. No le gustaba la idea de casarse, pero si quería lo que le correspondía por derecho, tendría que convencerla.
Y Adrik Hutter nunca perdía cuando se trataba de conseguir lo que quería.