—No quiero ser una molestia —dije por costumbre, aunque mi voz carecía de convicción, quería seguir a su lado. Dimitri arqueó una ceja, su expresión casi divertida. —Eres prácticamente mi cuñada, si fueras una molestia, no me ofrecería. Vamos. Aquella afirmación no me gustó, ciertamente era prácticamente su cuñada, pero yo sabía que era realmente lo que sentía por mí. Aun así, no hubo más discusión. Caminamos juntos fuera del edificio, la brisa nocturna golpeando mi rostro cuando cruzamos la puerta principal. Dimitri abrió la puerta del auto para mí y esperó a que me sentara antes de rodear el vehículo y tomar el asiento del conductor. El silencio entre nosotros mientras conducía no era incómodo. Era más bien una pausa, un espacio donde las palabras no eran necesarias. Miré por la ventan

