Saint Mercy nunca fue un hogar. Era un lugar de sombras y carne desechable, un rincón olvidado donde los niños llegaban como espectros y se desvanecían sin dejar rastro. Las paredes de concreto eran frías, impregnadas de un hedor agrio que nunca desaparecía, y los pasillos vibraban con el parpadeo enfermizo de luces de neón. Las ventanas estaban clausuradas con tablones de metal corroído, y más allá del alambrado de púas, solo había neblina y la certeza de que nadie vendría a rescatarnos. El hambre era nuestro despertador y el frío, nuestra única compañía. No existían abrazos ni palabras amables. Solo miradas vacías y pasos sigilosos, temerosos de atraer la atención equivocada. Saint Mercy devoraba a los débiles, los trituraba entre sus engranajes y los escupía como sombras vacías. Yo no

