El aire en la ciudad era diferente cuando me alejé. Más ligero. Como si Saint Mercy ya no tuviera poder sobre mí. Observé mi reflejo en la ventana del auto y vi algo nuevo en mis ojos: la certeza de que ahora, el mundo entero era mi tablero de juego. Los padres adoptivos que me habían sacado del orfanato se sentaban lado a lado sin dirigirse la palabra. Gregory Volkov era un hombre alto y delgado, de facciones afiladas y cabello rubio, vestido con un traje impecables que olía a dinero y poder. Su expresión era dura, analítica, como si siempre evaluara cómo podría explotar cualquier situación a su favor. A su lado estaba Natalia Volkov, su esposa. A diferencia de él, su belleza era cálida pero distante, con ojos fríos que parecían haber llorado todas las lágrimas posibles hace mucho tiempo

