La decisión impulsiva de cargarlo a su auto en lugar de dejarlo morir El panorama que tenía ante mí era una invitación directa a la cordura: dejarlo allí, dar media vuelta, subirme a la motocicleta robada y desaparecer para siempre de la órbita de los carteles y las mafias internacionales. Nadie me culparía. De hecho, para el mundo criminal, la muerte de Lorenzo Moretti en un ajuste de cuentas nocturno era el desenlace lógico de su violenta existencia, y mi desaparición silenciosa representaba la única oportunidad de recuperar mi anónima y aburrida libertad. A mis veintiocho años, mi cerebro cínico, entrenado en la escuela del egoísmo y el sálvese quien pueda, gritaba a todo pulmón que aquel hombre no era mi problema, que su sangre en mis manos solo traería más desgracias a mi maltrech

