—Enzo Di Rossi —
Estoy sentado en mi oficina revisando unos bocetos de Paul Klee que me llegaron para autenticarlos antes de su posible adquisición para nuestro museo. He puesto “El invierno” concierto N°4 en Fa menor de Enrico Vivaldi.
—Necesito concentrarme— digo como un mantra, la noticia de que mi piccola fata estará de vuelta no me ha dejado de preocupar. Tengo la camisa arremangada hasta los codos, los dos primeros botones abiertos. Me he puesto mis lentes de montura especial y tengo mi lápiz grafito, como siempre en el costado de mi boca.
En eso, se abren las puertas de par en par de mi oficina, e ingresa un torbellino castaño con su cangurera muy bien puesta mostrándome la imagen perfecta de una madre con su hija. Sonrío y dejo lo que estaba haciendo para saludarles.
—No me toques Val… perdón Enzo. ¿Cómo pudiste? — chilla, la recién llegada y detrás de ellas, venía un Leo azorado, creo que es la primera vez que me ve tener contacto con una mujer que no sea Gibson y sus ojos están abiertos como plato. Ya me estoy imaginando las mil y una teorías que se está armando en su cabecita.
—Ciao Bella ¿come stai? E Ciao piccola fata. (hola hermosa, ¿cómo estás? Y hola tú pequeña hada)
—Pe…per…perdón señor, no la pude detener. —les dije que está aturdido ¿no?
—Tranquilo, Leo. Estás dos no son ningún peligro. —me acerco a ellas y con cuidado saco de su cárcel a esta mini fatina, que me lanza sus bracitos y sonríe con sus dientecitos de princesa, mientras me abraza.
—Problema, ni una mierda Enzo, mamá está furiosa y no quiere verte ni en pintura. ¿Cómo se te ocurrió invitarla?
—¿Valentina Scott? —dice mi asistente y yo afirmo con mi cabeza, mientras me acerco a mi sofá con mi mini fatina. Leo sabe lo justo y necesario de mi vida y eso conlleva saber de mi familia por elección.
—Oh perdón, ¿tú eres?
—Leonardo, el asistente del señor Di Rossi, es un honor conocerla. —Val arquea una ceja y me mira interrogante, yo le sonrío y me encojo de hombros, dándole a entender que no existe problemas al hablar frente a Leo.
—Un gusto Leonardo, que pena tener que conocernos de esta forma.
—No, no, para nada doctora…—Leo no alcanza a terminar cuando se abre nuevamente la puerta de mi oficina y entra una Pazza enfurecida. «Este realmente no es mi día» .
—¿Quién es la perra que viene a encajarte un hijo? — les dije que era extraña ¿No? Pero la cara que puso al verme con mi mini fatina que tiene todo mi mentón lleno de baba no tiene precio. — ¡Enzo!
—Jajaja—suelta una carcajada mi querida Val y se retuerce tomando su estómago, camina como la feroz leona que es y se para enfrente de la pazza de Gibson —Veo que la gente que contratas te defiende como desquiciada hermanito… — se jacta Val y me quita las ganas de seguir el show que se estaba montando en ese momento mi curadora.
—Her… ¿hermanito? — la loca de Gibson tartamudea, el desquiciado de Leo cierra los ojos y yo me estoy aguantando las carcajadas. De verdad que Valentina ha cambiado de ser la niña seria y molesta a toda una leonessa.
—¿En fin, puedes decirles a tus subordinados que nos dejen a solas?
Leo y Gibson miran de ella hacia mí y yo cual hermano menor asiento y hago un gesto con mi mano libre para que ambos desalojen el lugar. Leo, toma del brazo a la pazza y ella aun no queriendo salir, trata de soltarse, por lo que actúo de inmediato y no mido mis palabras.
—¡Ya lo dijo la señora Scott, largo! —un pequeño quejido se escucha en mis brazos y veo a mi mini fatina haciendo un puchero que me sobresalta—. No te lo digo a ti, mi mini fatina, ven y dale amore a tu tío, Principessa — Sophia, me mira con su carita asustada y luego vuelve a sonreír, dándome un sonoro beso— Val ¿Café?
—Si tienes leche de soya o de almendras, lo apreciaría.
—¿Sigues con la estupidez de comer alfalfa?
— Sciocco— cubro los oídos de la mini fatina.
— No hables así frente a la piccola fata—la regaño y ella bufa.
— Como le decía, Leo, café late con leche de soya o de almendras y dos de endulzante por favor.
— Si, si señora. En un momento se lo traigo.
Leo sale, llevándose a la impertinente que aún nos mira con cara furiosa. Por mi parte, niego con la cabeza y me atengo a lo que me va a recriminar mi hermana por elección.
—Valente, ¿por qué? — ¿sólo eso va a decirme?
—¿Y por qué no? Ya ha pasado suficiente agua bajo el puente y creo que no hay ningún peligro para mi fatina, es momento de que la vuelva a ver, ya aguanté mucho con no presentarme frente a ella desde que estoy en este maldito país y respeté los deseos de Blue. Ahora, es el momento preciso.
—Tú sabes por todo lo que ha pasado y hemos tenido que soportar por las decisiones que tomaron esos dos, no sé si ella esté preparada para volver. —su tono es más bajo, casi diría que un susurro, pero Val tiene que entender que no quiero seguir esperando. Me remuevo en mi sillón y acomodo a la mini fatina que ha tomado uno de mis lápices y se lo está echando a la boca, es una dulzura de cuatro añitos y se parece tanto a Alma que me la quiero comer a besos, pero no lo haré. Debo enfocarme. Ahora bien, no voy a discutir con Val sobre este tema, ya con el hecho de mi atrevimiento de traerla de vuelta, tengo claro que mi familia por elección no debe de estar muy contenta.
—Lo sé, Val, pero creo que debemos dejar de decidir por ella. A propósito ¿Cómo te enteraste?
—Hoy llamó a mamá, estaba molesta porque le habíamos bloqueado cualquier invitación de Nueva York, pero ¿Sabes lo que más nos tiene preocupadas?
— ¡Sorpréndeme!
— Ella ya sabe del compromiso de Thomas.
—¿Cómo? —me tenso, eso no me lo esperaba ¿Será que vuelve por él y no por mi invitación? — eso no tiene nada que ver conmigo.
— Lo entiendo, Valente.
— Por favor, dime Enzo, solo ustedes conocen mi antiguo nombre.
— Pff. Valente, Enzo o lo que sea, ella estará acá tanto para la gala como para la celebración del compromiso.
— Y ahí estaré yo, para ser su soporte.
— Le dirás ¿Quién eres?
— Puede que se dé cuenta sola—me encojo de hombros y sigo jugando con mi sobrinita.
— Eres un incordio.
— Al cual has amado desde que tienes 13 años—le recuerdo.
—Scio... —la miro feo— En fin, necesito que estemos unidos en esto. Quiero que Alma se quede con nosotros, aunque mamá ya está preparando todo en los Hamptons.
— Puede quedarse conmigo.
— Ni lo sueñes, Sciocco. No lo permitiré.
En eso, entra Leo con una pequeña bandeja donde trae café, leche y algunas cosas dulces para comer. Las coloca en la mesita de centro y nos mira.
—Gracias.
—No hay porqué doctora Scott—y he ahí a mi asistente, ya averiguó todo sobre mi querida hermana. Lo miro de soslayo y sonríe con suficiencia. —es todo un placer tener a tan reconocida eminencia.
—Jajaja, me caes bien Leo, pero no te pases, soy una simple médico que hace lo que le gusta.
—Faltaba más, doctora es bueno conocer a alguien que pueda hacerle frente a mi jefecito y no se amilane.
—Te puedo dar unos consejitos, Leo.
—¡Val!
—¿Qué her - ma – ni - to? —le encanta picarme, sabe que tiene el poder de hacerlo, pues la amo y respeto desde que era un crío, pero se está pasando.
—Nada. —bufo y le doy una galleta a la piccola fata, quién me devuelve una sonrisa al tomarla con cuidado y comenzar a comerla.
—Acias Vale—me dice y yo muero de amor ¿Cómo sería una mini fatina de Alma? ¿Cómo me vería siendo padre? ¿Será un sueño inalcanzable?
—Tierra llamando a Di Rossi —me devuelve a la realidad Leo—. Jefe, debo confirmar la banquetera para el sábado.
—¿A qué hora es la cita con el banquetero?
— A las diez.
—Si quieres te ayudo, que no coma carne no quiere decir que no conozca los gusto de cierta personita.
—¿Tu esposo sabe que en secreto te amo? —Leo se sonroja y Val se ríe, le gusta picarme, pues a mí también.
— No es necesario, ya sabes que Ethan no es celoso.
—Jajaja, mentirosa, pero acepto.—ahora soy yo el que río, cuando conocí al doctor Ethan Scott y supo que era un amigo de la infancia de las, en ese entonces hermanas Soré, ya tenía hecho el hoyo en el patio de su casa y mi obituario completamente escrito en el New York Post.
— Ya, Sciocco ¿Quieres que te acompañe o no?
— Ya te dije que sí y deja de llamarme Sciocco. Sofía, ¿cómo aguantas a la loca de tu madre?
— Ciocco…
— Jajaja, ves. Hasta ella sabe que lo eres.
— Ja. Ja. No digas esas palabras Principessa, son muy feas.
— Jajaja. Vale Ciocco —la risa de mi mini fatina inunda el lugar y volvemos a lo nuestro. Terminamos el café y aunque siento que Val quiere decirme muchas cosas, se las guarda, puede ser por el hecho de que esté Leo con nosotros o porque simplemente no quiere echarme a perder la ilusión. Y, de verdad la entiendo, cualquier cosa que tenga que ver con mi fatina es un tema serio. Cuando estamos por retomar la conversación suena el golpeteo en la puerta y la pazza de Gibson vuelve a aparecer en mi oficina, ¡dios! Es un verdadero incordio.
— Perdón, Enzo—la miro mal, sabe que no me gusta que me llamen por mi nombre y hasta el día de hoy no entiende —. Señor Di Rossi, ya estoy lista para ir a la revisión del menú con la banquetera.
— No será necesaria señorita…—Val se las está buscando—¿Cuál era su nombre?
— Gibson, Serena Gibson.
— Eso, como le decía, no es necesario. Sophia y yo acompañaremos a “Encito”— ¿Ya les dije que le gusta molestar? y ver la cara de Gibson me saca varias carcajadas que estoy intentando aguantar ya casi sin disimulo. Esto sí que no tiene precio —es lo menos que puedo hacer siendo de la familia.
— Ya oíste a la señora Scott, gracias y sigue con la restauración del Picasso, Gibson. —digo a ver si por fin se va y nos deja en paz.
— Entiendo, señor… Una última pregunta.
— Dime.
— ¿Ya decidió de qué color serán su corbata y pañuelo para combinar mi atuendo? —Val, alza una ceja y sé lo que está pensando, así que no me demoro en contestar.
— No te preocupes por eso, Gibson. Este año no requiero que seas mi acompañante —veo la furia en sus ojos y como retuerce sus manos, pero no me importa y me preocupo de otra más relevante—. A propósito, Val. Madre ¿vendrá esta vez?
— Mmm. Leo ¿puedes revisar si la familia Scott Soré está confirmada? —¡dios! Esta mujer ya tomó las riendas de mí negocio.
— Ustedes son un verdadero caso, los SS me marean. — refunfuño en son de molestia.
— Scio…
— Ya, ya, lo sé todo se queda en familia, parecemos de la mafia Siciliana.
— Jajaja, por eso te quiero hermanito.
— Y bien, ¿Leo?
— Señor, todos los Scott confirmaron su asistencia.
— ¿A qué te refieres con todos?— pregunta Val y ya estoy cayendo.
— A todos—dice moviendo sus cejas dando a entender que ese pazzo estará también esa noche.
— ¡Dios! Necesito una Aspirina. —se queja Val.
— Esto es más preocupante que lo que estábamos pensando, Val.
— Lo sé, mejor vamos al bendito lugar donde habrá mucha azúcar para mí y Sofía, por supuesto.
— ¡Azuca! — exclama mi mini fatina y me abraza dándome un sonoro beso.
— Le avisaré a Gio para que prepare el auto. —nos dice Leo, mientras Gibson aún está de pie haciendo nada—Vamos Nefertari, aquí nadie nos necesita.
— ¿Eh? Sí, lo siento. Entonces nos vemos más tarde, iré a ver la restauración del Picasso.
— Para eso te pagan querida. —responde Val, repito, esta mujer es de temer. A Gibson no le quedó de otra que salir del lugar y yo, nuevamente niego a las palabras de mi hermana.
— Eres una bruja en potencia mujer —se encoge de hombros y me da una bella sonrisa, pero veo molestia en su semblante.
— ¿Sabes algo, Enzo?
— Aunque no quiera saberlo me lo dirás ¿No?
— Ajá, pero todo esto del regreso de Alma me da mala espina.
— Creo que a mí también, pero te prometo que la protegeré, incluso con mi vida.
— Aww, tan bello. Te agradezco que en estos momentos estés aquí, no sabes la tranquilidad que esto me pone.
Salimos hacia el vestíbulo del museo y todo el mundo nos mira extraño. Debe ser porque llevo a la pequeña Sofía en mis brazos y Val me lleva tomado.
Esta es mi verdadera familia y las amo infinitamente, como le dije a Val soy capaz hasta de dar mi vida por ellas.
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