Él sonríe. Esa sonrisa otra vez. La que sabe exactamente lo que hace conmigo. Se acerca despacio. —¿Te duele algo? —pregunta. Y ahí mi alma sale de mi cuerpo. ¿Podría ser más directo? —No —respondo rápido, demasiado rápido—. Estoy perfectamente. —¿Segura? —Sí. —Porque anoche estabas… —hace una pausa, sonríe de lado—. Digamos que entusiasta. Yo me atraganto con mi propia respiración. —¡No digas eso! —le grito con la voz aguda de la vergüenza pura. Él ríe. Ríe con esa calma insolente que me enerva. Y maldita sea, su risa me gusta. —Tranquila —dice, acercándose aún más—. No voy a burlarme. —¡Ya lo estás haciendo! —Tal vez un poco. Cruzo los brazos sobre el pecho, me acomodo la sábana y lo miro con mi mejor cara de “no me importa”, aunque por dentro estoy a punto de evaporarme.

