+++++++++++++++++++ Llego a la casa con las piernas todavía vibrando del enfado y la adrenalina, con la cartera colgando y la noche en la ropa, y lo primero que veo me corta el aliento: Alejandra está sentada en el sofá del salón, la cara hinchada de llanto, los ojos rojos como si hubiera frotado la piel con sal, y mamá a su lado con el botiquín abierto, limpiándole las rodillas y el muslo donde se le ven raspaduras, pequeñas heridas brillando bajo las luces. El contraste me pega como un golpe. Me quedo unos segundos en la puerta, allí como una idiota, observando la escena que parece sacada de una telenovela barata. Alejandra solloza con la voz rota, y mamá la mira con esa mezcla de compasión teatral y arrojo maternal que siempre ha tenido para con quien se le pone simpática. El ambiente

