Y así, en un último y glorioso arrebato, el clímax llegó. Sentí la oleada, el pulso que me golpeó en la boca, la explosión de todo. ¡Ah! Sentir su leche, el sabor salado, tibio, mezclado con la dulzura de la mermelada de fresa. Era un contraste exquisito, una cacofonía de sabores y sensaciones. Cerré mis ojos de nuevo, saboreando la mezcla, el final de la travesura. Un gemido gutural escapó de Francesco, un sonido que era mitad alivio, mitad agonía. Alejandra, por su parte, soltó un ¡Sí! ¡Eso es, mi amor! ¡Te amo! ¡Sabía que me recordarías!, totalmente convencida de que su drama había sido el catalizador del placer. Me aparté lentamente, limpiando el último rastro de mermelada y... lo demás, con la punta de mi lengua. La sonrisa en mi rostro era de una satisfacción total. Había ganado es

