+FRANCESCO+ Me quedé ahí, plantado en el estacionamiento, viendo cómo la moto de Isabella se alejaba, con ese idiota de Dante conduciendo. Los faroles del club iluminaban el polvo que levantaban al irse. La sangre empezó a subirme, sííí. Sentí el pulso golpearme en las sienes, no solo por la rabia, sino por la humillación pública que acababa de sufrir. Quería ser yo la persona que la llevara a casa. Quería ser yo el que le quitara ese maldito casco. Quería ser yo quien le dijera que la amaba. Pero no. La bruja de Alejandra me tiene amenazado, sííí. Ella salió del club como un huracán rubio, con los ojos brillando de furia y satisfacción. Me encontró ahí, petrificado. —¿Qué? ¿Te vas? —me preguntó, su voz era un siseo venenoso, sin rastro de la dulzura que exhibía en la mesa. —Me voy —l

