Caminos cruzados.

583 Words
El cansancio comenzó a caerle encima de golpe. Malena dejó la maleta a un lado y fue directo al baño. El agua tibia recorrió su cuerpo como un alivio necesario, llevándose consigo el polvo del viaje, el frío de la ciudad y parte del miedo acumulado. Cerró los ojos y respiró profundo, permitiéndose, por primera vez desde que aterrizó, sentirse a salvo. Al salir, se puso ropa cómoda y se sentó en la orilla de la cama. Tomó su teléfono con manos aún húmedas y marcó el número que sabía de memoria. —Ya llegué —dijo apenas escuchó la voz de su madre—. Estoy en el apartamento. Del otro lado, Luciana Villanueva suspiró con alivio, mientras Miguel Ortiz pedía el teléfono para asegurarse de que todo estuviera bien. Malena les contó detalles simples: el edificio, la vista, el silencio. No habló del nudo en el pecho ni de la soledad que la rodeaba, porque no quería preocuparlos. —Descansa, mi amor —le dijo su madre—. Mañana será un día largo. —Te queremos mucho —añadió su padre. Antes de colgar, escuchó la voz dulce de Lucí deseándole buenas noches. Sonrió, con los ojos brillosos. Dejó el teléfono sobre la mesa de noche, se recostó y apagó la luz. Mientras el silencio del apartamento la envolvía, Malena cerró los ojos sabiendo que, al amanecer, comenzaría realmente su nueva vida. Y aunque el miedo seguía allí, el sueño la venció con una certeza suave: había llegado hasta ese lugar por amor… y por un destino que aún no conocía. La mañana llegó demasiado pronto. Malena despertó con el sonido del despertador y una sensación extraña en el pecho: nervios y expectativa mezclados. Permaneció unos segundos mirando el techo, recordándose a sí misma dónde estaba. Chicago. Su nueva vida. Su primer día real lejos de casa. Se levantó, se dio una ducha rápida y eligió ropa sencilla pero elegante. Quería verse segura, aunque por dentro aún se sentía frágil. Antes de salir, respiró hondo frente al espejo. —Puedes hacerlo —se dijo en voz baja. Tomó su bolso, cerró la puerta del apartamento y caminó por el pasillo hasta el ascensor. Presionó el botón y esperó en silencio. Cuando las puertas se abrieron, dio un paso al frente… y se detuvo. Dentro estaba él. Alto, de espalda ancha, traje oscuro perfectamente ajustado y una presencia que llenaba el espacio sin esfuerzo. Cuando levantó la mirada y sus ojos se cruzaron con los de Malena, el tiempo pareció ralentizarse. —Buenos días —dijo él, con una voz grave y calmada. —Buenos días —respondió ella, intentando que no se notara el leve temblor en su voz. Entró al ascensor y se colocó a un lado. El silencio se volvió denso, cargado de una tensión inexplicable. Malena podía percibir su perfume, su cercanía, y no entendía por qué su corazón latía con tanta fuerza. Justo antes de que las puertas se cerraran, una mujer elegante entró apresurada. —¡Ricardo, espera! Ella lo miró con familiaridad y luego observó a Malena de arriba abajo con una sonrisa amable… demasiado perfecta. —Hola —dijo—. Soy Sofía de la Fuente. —Malena Ortiz —respondió ella, devolviendo el saludo. Ricardo sonrió apenas. —Encantado, Malena. El ascensor comenzó a descender. Malena no lo sabía aún, pero en ese pequeño espacio, entre miradas y silencios, acababa de comenzar la historia que le enseñaría el verdadero precio de amar.
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