La caída de Ricardo.

716 Words
La caída de Ricardo Ricardo entró a un bar oscuro, sin importarle la hora. Pidió un trago. Luego otro. El alcohol no calmó la rabia. La amplificó. —A veces duele menos no pensar —murmuró para sí. Fue entonces cuando Sofía apareció, como si siempre hubiera estado esperando ese momento. —No deberías estar solo —dijo, sentándose a su lado—. Te ves… destruido. Ricardo no respondió. Bebió. —Malena te engañó —continuó Sofía con suavidad venenosa—. Yo solo quiero cuidarte. La noche se volvió borrosa. Las luces, difusas. Las palabras, pesadas. Ricardo dejó de resistirse al olvido. ⸻ 🌫️ La mentira perfecta A la mañana siguiente, despertó con la cabeza latiéndole y una sensación de culpa inexplicable. El lugar no era el suyo. Sofía estaba allí. Tranquila. Demasiado. —Anoche… —dijo él, incorporándose—. ¿Qué pasó? Ella bajó la mirada, fingiendo pudor. —No tienes que explicarlo —susurró—. Estabas dolido… y yo estuve contigo. El silencio hizo el resto. Ricardo se pasó una mano por el rostro, devastado. —Lo hice… —dijo, más como castigo que como certeza—. Por venganza. Sofía no lo contradijo. Solo lo abrazó. Y en ese gesto selló la mentira más cruel de todas. ⸻ 💔 Dos corazones rotos, una sola verdad oculta Malena esperaba una llamada que no llegaba. Ricardo cargaba con una culpa que no entendía del todo. Y Sofía sonreía, sabiendo que había logrado lo impensable: separarlos sin decir una sola palabra verdadera. Pero las mentiras, tarde o temprano, dejan huellas. Y esta… estaba a punto de romperlo todo. Ricardo regresó al apartamento cuando ya caía la noche. Malena escuchó la puerta y su corazón dio un salto. Se levantó de inmediato, con la esperanza temblándole en el pecho. —Ricardo… —dijo al verlo—. Por favor, déjame explicarte. Él no la miró. Pasó a su lado como si no estuviera allí, dejó las llaves sobre la mesa y caminó directo al pasillo. Abrió la puerta de la habitación de invitados. —¿Qué haces? —preguntó Malena, siguiéndolo—. Esa no es tu habitación. Ricardo respiró hondo, de espaldas a ella. —A partir de ahora sí lo es. Malena sintió que el suelo se le abría. —Yo no te engañé —dijo, con la voz quebrada—. No sé qué pasó esa noche, pero jamás te haría eso. Tú me conoces… tú me hiciste tu esposa. Ricardo apretó los puños. —No sé qué creer —respondió, sin volverse—. Y ahora mismo… no confío. Esas palabras fueron más dolorosas que un grito. —Ricardo, mírame —suplicó—. Mírame y dime que no me amas. Él cerró los ojos. Porque sí la amaba. Y precisamente por eso no podía mirarla. —Solo faltan dos meses —dijo con voz dura—. Cuando termine el año, nos divorciamos. Así fue el acuerdo. Cada palabra cayó como una sentencia. —¿Eso es todo? —susurró Malena—. ¿Después de todo lo que vivimos? Ricardo tomó una muda de ropa. —No quiero seguir haciéndonos daño. No le dio un beso. No una caricia. Ni siquiera una despedida. Cerró la puerta de la otra habitación y el sonido fue seco, definitivo. ⸻ Malena se quedó sola en la sala, con el silencio gritándole en los oídos. Se dejó caer en el sofá, abrazándose a sí misma como si pudiera sostener los pedazos que se le rompían por dentro. —No te fallé… —susurró al vacío—. Nunca te fallé. Del otro lado de la pared, Ricardo se sentó en la cama, con la cabeza entre las manos. Había bebido. Había dudado. Había caído. Y ahora cargaba con una culpa que no sabía cómo confesar. Dormí con Sofía, pensó. O al menos eso creo… No sabía cómo decirlo sin destruirla por completo. No sabía cómo admitir que había sido manipulado. Así que eligió lo único que creyó posible: alejarse. Pero el amor no entiende de habitaciones separadas. Ni de contratos. Ni de silencios. Y mientras ellos se rompían en silencio, Sofía sonreía desde lejos, convencida de que había ganado. Sin saber que las mentiras, tarde o temprano… siempre exigen su precio.
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