La reacción de Sofía
La noticia cayó como una bomba.
Sofía estaba en el despacho de su padre cuando escuchó el apellido que jamás imaginó oír ligado al de Ricardo.
—¿Malena… Ortiz? —repitió, incrédula.
Su madre asintió con cautela.
—Será un matrimonio contractual. Solo un año.
Sofía sintió cómo algo se rompía dentro de ella.
—¿Ella? —rió, pero su risa era amarga—. ¿La extranjera? ¿La becada?
—Es la opción más conveniente —respondió su padre—. No hay vínculos empresariales. No compromete alianzas.
—¿Y yo? —preguntó, alzando la voz por primera vez—. ¿Yo que he estado siempre?
El silencio fue la única respuesta.
Más tarde, Sofía enfrentó a Ricardo en el estacionamiento del edificio.
—¿Te vas a casar con ella? —escupió las palabras.
Ricardo no lo negó.
—No es lo que crees.
—Claro que lo es —susurró ella, con los ojos brillantes de rabia—. Y te juro algo, Ricardo Portorrear…
esto no se queda así.
Mientras se alejaba, supo que había perdido algo…
y que haría lo imposible por recuperarlo, incluso si eso significaba destruir a Malena.
⸻
📄 El contrato
El despacho del abogado olía a madera y formalidad. Malena apretaba las manos sobre su regazo mientras el hombre leía cada cláusula.
—Duración: un año calendario.
—Convivencia obligatoria.
—Apariencia pública de matrimonio real.
—Prohibido divulgar la naturaleza contractual del acuerdo.
—Libertad emocional… no garantizada.
Malena alzó la vista.
—¿Eso último?
El abogado carraspeó.
—No puede legislarse el corazón, señorita Ortiz.
Ricardo la miró, serio.
—Si en algún momento quieres salir del acuerdo, lo haré posible.
Ella negó con suavidad.
—No. Si voy a hacerlo, será completo.
Firmó.
Ricardo firmó después.
El sonido de la pluma selló más que un contrato.
Selló un destino compartido.
La primera noche
El apartamento estaba en silencio.
Malena dejó su bolso sobre el sofá. Ricardo se aflojó la corbata. Ninguno sabía por dónde empezar.
—Puedo dormir en el sofá —dijo él.
—No —respondió ella—. No tiene sentido fingir solo afuera.
Se miraron. Nerviosos. Conscientes.
El dormitorio era amplio, elegante… ajeno.
Malena se metió en la cama por su lado. Ricardo apagó la luz.
La oscuridad lo volvió todo más real.
—Buenas noches… esposa —murmuró él, casi en broma.
Ella sonrió, aunque el corazón le latía con fuerza.
—Buenas noches… esposo.
El silencio volvió. Pero no era vacío.
A pocos centímetros, dos personas unidas por un contrato…
y separadas solo por el miedo de sentir demasiado.
Malena cerró los ojos pensando que era solo un año.
Ricardo también… sin saber que ya era tarde para proteger su corazón.
Los celos de Sofía en público
La primera aparición oficial como matrimonio ocurrió en un evento universitario de beneficencia. Nada ostentoso, pero sí lo suficiente para atraer miradas.
Malena llevaba un vestido sencillo, azul profundo. No intentaba impresionar, y quizá por eso lo logró.
Ricardo llegó a su lado y, sin pensarlo demasiado, apoyó la mano en la parte baja de su espalda. Fue un gesto automático… íntimo.
Sofía los vio desde el otro extremo del salón.
Sintió cómo el aire se le iba del pecho.
—¿Ya es oficial? —preguntó con una sonrisa tensa, acercándose—. Qué rápido todo, ¿no?
—A veces la vida no espera —respondió Ricardo, sin dureza, pero sin dejar espacio.
Malena sostuvo la mirada de Sofía con calma. No desafío. No arrogancia.
Eso fue lo que más la enfureció.
—Cuídalo —dijo Sofía, inclinándose hacia Malena—. Ricardo suele aburrirse de lo que no le pertenece.
Ricardo dio un paso al frente.
—Sofía, basta.
Ella lo miró, herida.
—Defiéndela… —susurró—. Qué irónico.
Se alejó, con la rabia marcándole cada paso. Esa noche, Sofía entendió algo terrible:
el contrato no estaba siendo suficiente para protegerla de sus celos.
⸻