Había sido una simple broma, solo algo dicho por decir en la calidez del momento, algo que, simplemente, no había previsto. Aun así, Jonás, en ese momento, se encontraba viendo como ese hombre, al que comenzaba a sentir como un buen amigo suyo, que lo visitaba a menudo en esa cárcel a la que había ido a parar en compensación por sus pecados, ese hombre, lloraba desconsolado por una simple broma y él, no entendía porqué.
—¿Eh?¿Y ahora se puede saber por qué j0dida razón estás llorando? M4rica— habló Jonás, ese mocoso imbécil que solo tenía veinte años en aquella oportunidad —¿Es qué acaso no es obvio? Es muy difícil que alguien te confunda con una mujer, a menos que... Oh... ¡Oh! No me digas que...
Se interrumpió en el acto al darse cuenta de la obviedad de la situación que él no estaba viendo. A veces, debía reconocer que podía llegar a ser demasiado hiriente con sus impulsivas acotaciones. Miró a los ojos de Francesco, estos, le devolvieron una mirada temerosa y dramática, pero, de su boca no salió respuesta alguna.
«¡Ah!¡La he j0dido!¡Sí que soy imbécil!¿Por qué diablos no pienso antes de hablar? Si ahora todo tiene más sentido.»
Se amonestó, llevándose una mano a la boca, para ocultar su la mueca indignación que le producía su propia impulsividad. No lo había hecho adrede, realmente había sido algo sin malicia alguna, sin embargo. Esa impulsiva reacción suya era una característica muy común en, él que no podía controlar. Pero, de eso, todavía no estaba enterado aquel desdichado escritor que lloraba su amargura.
Jonás, que se encontraba a su lado, compartiendo unos bocadillos que él había traído para pasar el rato, colocó su mano morena en el pequeño y delicado hombro de Francesco. Realmente, aquellas lágrimas, comenzaba a incomodarlo un poco. Pues, si tenía que ser sincero, jamás había sabido que hacer en ese tipo de situaciones. A fin de cuentas ¿No era acaso qué los hombres no lloran?
—¿Francesco...? Eh... ¿Quieres hablar de eso?— intentó indagar a la vez que le frotaba la espalda sintiéndo la necesidad de calmarlo de alguna manera.
No quería herirlo, realmente le agradaba mucho ese extraño espécimen, tanto así que comenzaba a pensar en él como un amigo. Pero, esa pequeña intervención no sirvió de mucho para aminorar el acongojado corazón de Francesco. Por el contrario, parecía como si, con aquellas palabras, hubiera tomado más fuerza aquel llanto y en ese momento no solo derramaba innecesarias lágrimas, sino que además, se tapaba la carq en una actitud demasiado patética para un hombre de su edad.
«¡Diablos!¿Y ahora qué hago yo para callarlo de una buena vez?¿Qué hago?»
Se preguntó sintiéndose aun más idiota por ser tan impulsivo para meter sin el menor cuidado posible el dedo en la llaga, pero no lo suficientemente impulsivo como para atreverse a consolar a un amigo como él. Pues, sabía muy bien de qué manera podría calmarlo. Pero, ese absurdo orgullo masculino se lo impedía tajantemente.
Suspiró resignado a su desgracia, para luego tomarlo de forma abrupta por ambos hombros y estrecharlo contra su pecho en un silencioso e incómodo abrazo que dejó sin habla al pobre escritor. Intuía que si aquel llanto había cesado, no era porque ese gesto brusco hubiera servido de consuelo, sino que, eso ocurría sencillamente por la sorpresa que había embargado al escritor.
— Perdón ... No quise ser grosero...— musitó, esperando que aquello realmente funcionara formulando cada palabra con verdadera dificultad. —... A veces, no mido mis palabras. Perdón, realmente no quise hacerte sentir mal por eso. Hablé sin pensar...
Al oírlo, Francesco pareció calmarse un poco, aunque de todas formas no se apartó de él. Al contrario, dejandose llevar por el abrazo, solo hundió su naricita humedecida en el medio de la clavícula de Jonás, sintiendo, por alguna extraña razón, cierto alivio en aquellas torpes palabras.
«¿Será, acaso, qué me siento así, porqué, en realidad es inusual que alguien intente disculparse conmigo por esto? Aunque... En realidad él no tiene la culpa de que llore como una dramática cabeza hueca. A fin de cuentas, es por eso que lloro...»
Se dijo Francesco logrando percibir el latido del corazón de Jonás. Era cierto todo lo que él pensaba. Para empezar, raramente, por no decir nunca, alguien lo tenía suficientemente en cuenta como para retractarse de sus palabras al referirse de forma desdeñosa sobre su condición. Lo normal, sería que se burlaran aún más de él.
Por otro lado, aquellas palabras no habían sido realmente hirientes, al contrario, solo lo había tomado por sorpresa y recordado la aciaga obviedad: él, no era una mujer y, si seguía empeñado en en vestirse como una, fuera a donde fuera, más que seguro que no causaría otra cosa que no fuera retracho y desdén en las personas que lo veían.
Sin embargo, en brazos de joven delincuente al que le llevaba díez años de diferencia en edad, se sintió seguro y aceptado. Al parecer, ese inusual nuevo amigo, podía llegar a ser un buen confidente si se lo proponía. Aunque, eso solo era lo que él quería creer y era consiente de eso. Pero ¿Qué perdía con intentarlo? Quizás, al menos, podría quitarse del pecho esa angustia espantosa con la que llevaba conviviendo amargamente toda su vida.
Exhalando un hondo suspiro, consiguió armar las fuerzas necesarias para despegarse de ese cálido pecho y mirar a su dueño con una pequeña y tímida media sonrisa. Habría que hacer el intento, quizás, en Jonás podría llegar a encontrar mucho más que solo alguien con el que pasar sus solitarias tardes de ocio.
—Gracias por soportar mis arrebatos, Jonás. Pero, a decir verdad, no me has ofendido con tus palabras, al contrario, tienes algo de razón en lo que dices...—reconoció a la vez que volvía a su sitio y clavaba la vista en la punta de sus zapatos que estaban extendidos por el suelo frio en donde estaban sentados.
Cuando se veían, se sentaban en el suelo junto a la canasta con la merienda que Francesco traía. Pues, no había lugar en donde sentarse. En esa celda, solo había pocos muebles, una cama, una mesa de escritorio una silla y nada más. Así era la pequeña celda de ese amigo suyo. Austera y sencilla, tal como lo era su dueño. Pero, que, en parte, podía ser muy acogedora de vez en cuando. Igual que Jonás.
— ¿Sabes algo, Jonás?— preguntó Francesco, exhalando un suspiro, rompiendo con el silencio que los rodeaba, escuchó como él emitía un simple sonido y lo tomó como una invitación para seguir hablando — ¿Puedo contarte un secreto, Jonás? Realmente... ¿Puedo confiar en ti si te lo cuento?
Fueron esas palabras las que, en realidad habían costado más en escuchar que en decir. Para Jonás ya era un hecho más que evidente aquel supuesto secreto que Francesco quería confiarle. Pero, también, para Jonás, era un hecho aun más evidente la necesidad de ponerlo en palabras y sentir que alguien lo escuchaba, como solo le ocurría a las mujeres.
«A fin de cuentas, hasta llora como mujer ¿De qué me tendría que sorprender yo? Seguiré el consejo que siempre me dio Rebecca y , si vuelve a llorar, pues... lo abrazo otra vez y ya. A fin de cuentas ¿Quién lo va a saber? Si estamos los dos solos aquí... en esta asquerosa celda.»
Se dijo recordando el consejo que le había dado esa amiga suya, la misma que le doblaba en edad y que tan generosamente lo había hecho partícipe de la crianza de su hijito. Se encogió de hombros y estiró las piernas hacia adelante. Miró a Francesco con una simple medía sonrisa de lado.
— A menos que lo que me quieras contar tenga que ver con el caso de La Libertie... Date por seguro que se puede confiar en mí, Francesco.— afirmó Jonás para luego agregar en lo que se inclinaba sobre la canasta y tomaba uno de esos deliciosos bocadillos de fresas que tanto se empañaba en disimular su afición — Claro está ¿Cómo podría ser un mal confidente si siempre traeras tan buena comida?¿O no es así, Francesco?
Había sido una buena manera para conseguir que él rompiera con esa timidez. Ahora lo tenía riendo a su lado con más calma.
—¡Serás ingrato, Jonás!— lo reprendió Francesco fingiendo sentirse indignado por eso.— pero, sea, te contaré todo y luego, recordaré muy bien de pagar por tus oídos bien atentos y tu boquita bien cerrada, ja, ja, ja.
Ambos rieron por eso y siguieron hablando con la misma calma de siempre, como si el tema de discusión no fuera otra cosa que comentar un tema tan banal como lo era para ellos el clima. Y así, Jonás escuchó en absoluto silencio, demostrando toda la comprensión de la que podía llegar a ser capaz en temas como aquel. Así lo escuchó llorar otra vez, al confesarle lo mucho que dolía haber nacido en un cuerpo como el suyo y no poder siquiera identificarse a sí mismo al ver la imagen que le devolvía el espejo de cuerpo completo de su cuarto.
—Bueno... A decir verdad, no entiendo mucho del tema... Pero, ¿Siempre te pasa eso o solo en determinado momento, Francesco?— le había preguntado a la vez que hacía un gran esfuerzo por elegir mejor las palabras a utilizar.
Pues, esas preguntas solo eran por querer saber un poco más, porque realmente no sabía como ayudarlo, pero, quería hacer algo por él. Sin embargo, Francesco por su parte, al escucharlo escucharlo, enrojeció de vergüenza. Sin saber exactamente como explicarle todo el asunto.
Puesto que, resultaba más que evidente el hecho de que, no siempre sentía tan ajeno a su cuerpo. Había ocasiones en las que podía llegar a sentirse cómodo consigo mismo, pero todo era gracias a esos disfraces que guardaba bajo llave en lo más profundo de su closet y eso era lo que pocos entendían. Miró a Jonás a la cara, pensativo.
¿Cómo contarle a ese joven delincuente lo que ocurría cuando él se quitaba los pantalones para sustituirlos por delicadas enaguas? ¿Cómo explicarle de manera certera lo que era ese sentimiento de felicidad al conseguir, por un instante efímero, la ilusión de poder ser ella y no él? Porque si algo debía reconocer era justamente eso: gracias a esos disfraces, Francesco, solo conseguía vivir la ilusión de sentirse mujer. Pero, jamás, sería una de verdad. Jamás lo respetarían por eso.
—¿Qué tan seguro estás de eso? Aunque, de todas formas... ¿ Importa acaso la ropa que luces para ser respetado? — dijo Jonás una vez que él le hubo explicado a medias esos complicados sentimientos de derrota — Si quieres que te diga la verdad. Cuando te vimos con el apestoso, créeme que lo último que inspiraste fue respeto. Al contrario, el apestoso, se te desternillaba de la risa en la cara y ¿Sabes tú por qué ocurre eso?
No, en realidad Francesco no sabía el motivo por el cual jamás había sido alguien digno de respeto. Él solo estaba acostumbrado a eso y nada más. Él solo creía que eso ocurría por su condición.
—Para nada, te equivocas al pensar así ¿Qué dirías tú si te digo que conozco afeminados que vestidos de pvtas, inspiran más respeto que tú?— negó Jonás en el acto —... ocurre que , esos afeminados son lo suficientemente capaces de obligarte a respetarlos como lo que son. Mira, si uno de ellos hubiera tenido que soportar a ese borracho del que me hablaste en el lugar que sea, lo habrían puesto en su lugar. Lo habrían dejado en ridículo delante de todo el mundo para luego reírse de él y seguir con su vida, vestido de damita, como tanto les gusta... Porque, a decir verdad, creo yo que... Eso es lo único que importa: que a tí te haga sentir cómodo con lo que eres. Al fin y al cabo, siempre habrá imbéciles que no piensen igual.
Francesco lo observó en silencio. Las palabras de Jonás eran duras. Jonás, era duro ¿Y cómo no lo sería? Si ese joven se había criado en un ambiente muy duro y hostil. Sin embargo, Francesco buscaba otro tipo de palabras, otro tipo de consejos. Quizás, uno más suave, uno más cálido. Resopló cansino, ya sabía él que no lo entendería.
«¡Ay! ¡Necio de mí! ¿Cómo pude pensar siquiera en que este mocoso idiota sería capaz de entenderme? ¡Si lo único que entiende es lo que ha vivido!»
Se reprochó resignado, sintiendo como la situación en la que él mismo se había puesto lo frustraba. Volvió a mirarlo, notando como como comía con calma uno de esos pastelitos de chocolate y fresas que él había traído. Sintió deseos de aventarle a la cara la cesta entera e irse. Pero no lo hizo, al contrario, prefirió darle un empujoncito en el hombro, demostrando con eso que no se hayaba complacido en absoluto por sus palabras.
—¿Te han dicho alguna vez que eres demasiado grosero, Jonás?— Indagó enfurruñado a la vez que se cruzaba de brazos y amohinaba los labios — Se nota que no me entiendes para nada...
Al oírlo, Jonás solo lo observó en silencio, sopesando la situación. No, a decir verdad, no lo entendía en lo más mínimo. Por ejemplo, en ese momento no entendía porqué se había enojado, si a fin de cuentas era la verdad ¿Qué otra cosa esperaba que le dijera?
Suspiró resignado, lo cierto era que a esas alturas, él comenzaba a perder la paciencia. Como ocurría a menudo cuando la situación era demasiado compleja para su limitado entendimiento. Lo miró a la cara ¿Qué podría decirle a ese idiota que le cayera mejor?
—¡Oye! No es para que te enojes así. Yo solamente quería ayudarte en algo... Si te ofendí, pues disculpa. No siempre uno puede saber qué es lo que realmente quiere el otro...— intentó defenderse, aunque tenía la vaga impresión de estar sonando igual de ofendido que él — ¿Sabes? Si no te gusta lo que digo, entonces dime ¿Qué es lo que quieres que te responda? Así sería más fácil y no tendría que estar pendiente de no hacerte llorar cada vez que abro la boca...
Lejos de calmarlo o hacerlo recapacitar, esas palabras fueron para Francesco una gota más en el vaso de su paciencia. Era frustrante tener que explicar todo y ser específico en cada mínimo detalle que necesitaba. Bufó fastidiado.
—¿Es qué eres idiota o solo lo aparentas, Jonás?— escupió hiriente mirando al frente, como siempre hacia cuando quería poner algo de distancia entre él y la persona con la que hablaba —¡Lo único que quería saber era si me entendías! ¡No que me dijeras lo que ya sé, pero no me sirve! ¡Imbécil!
—¡Vaya, vaya! ¿Así que la florcita también carácter?— escuchó que Jonás le respondía en un tono un tanto cargado de ironías —¿Por qué diantres no usaste esa actitud con ese viejo borracho?¿Eh?
Francesco, vio como él hacía una pausa para reír entre dientes por sus propios dichos. Por alguna razón, tuvo miedo de haberlo ofendido realmente. Escuchó como Jonás dejaba escapar un suspiro de cansancio. Realmente lo estaba hartando.
—Oye, Francesco. Ya sabes tú que, con suerte y buen día sé escribir mi nombre, así que, no esperes que tenga los sesos suficientes para entender toda esa extraña maraña que te has creado ¿Me preguntas si te entiendo?¡Pues no, hombre, mujer! o lo que diablos seas, la verdad no te entiendo...— afirmó Jonás con rudeza y exasperación sin pararse a pensar en lo que decía —¡Pero eso es lo que menos importa, Francesco! ¿Es qué no lo ves?¡Es lo que menos importa!