—Vete de aquí o voy a gritar —lo amenazo, clavando mis dedos en las sábanas. —Perdóname —me suplica, y por primera vez detecto una genuina angustia en su tono—. De verdad lo siento mucho, Zahra. No quería lastimarte, yo no sería capaz de algo así... —Pero lo hiciste —le siseo, interrumpiéndolo. Cesare intenta acercarse un poco más a la camilla, pero yo vuelvo a tensarme y a presionar mi espalda contra el respaldo. —¡Que no te me acerques! —Estaba drogado —confiesa, deteniéndose—. No sabía lo que hacía ni lo que estaba diciendo. Por favor, perdóname... Me siento muy mal, me siento jodidamente culpable al verte... así, en ese estado por mi culpa. Lo observo fijamente, procesando sus palabras. Una sonrisa amarga y cargada de desprecio se me dibuja en los labios. —Así que drogado... —as

