Mis ojos vuelven al escote. Está demasiado abierto. Alcanzo a distinguir el inicio de sus pechos y eso basta para imaginarme a más de un hijo de puta haciéndolo también. «Quítatelo» «Ponte otra cosa» «Estás mostrando demasiada piel» Las órdenes se atropellan en mi cabeza, una detrás de otra, pero ninguna consigue salir de mi boca. Las palabras se quedan atascadas en la garganta. Primero, porque no hay tiempo para que vuelva a cambiarse. Y segundo... porque tampoco tengo la cara tan dura como para exigirle absolutamente nada después de todo lo que yo mismo he hecho. —¿La fiesta es en la villa? —pregunta Zahra cuando termina de bajar el último escalón—. ¿Por qué seguimos todavía aquí? Su voz consigue sacarme de todos esos pensamientos de mierda que llevo acumulando desde que apareció

