Algunas mujeres bajan la cabeza para ocultar sus sonrisas. —Puedo oler a las personas corrientes a kilómetros de distancia —prosigue Ksenia—. Y las personas corrientes no merecen un saludo de mi parte. Mucho menos cuando se sientan en lugares donde no fueron invitadas. Las mejillas de Inaya se tiñen de rojo y el murmullo alrededor de la mesa aumenta. Algunas esposas ya ni siquiera intentan esconder las risas. —Si has venido a mi almuerzo para sembrar discordia —añade Ksenia—, te habría ido mejor quedándote en casa. Nadie te pidió que metieras la nariz donde no pertenece ni que intentaras opacar a tu hermana con comentarios venenosos. —¡¿Cómo se atreve?! —estalla Inaya—. ¡Eso es una falta de respeto hacia la hija de un sultán! Ksenia suelta una carcajada. Es una carcajada peligrosament

