Pero antes de que lo sepa, y antes de empezar de nuevo... Me urge hacerle sufrir un poquitín más; tan sólo un poquitín más, porque al fin y al cabo ésto de ponerle la cuestión difícil duró menos que un suspiro. Como en las caricaturas que solía ver, interiormente sonrío con malicia y de manera diabólica froto mis manos. —Bueno... ¡ya lo pensé! —informo desinteresadamente, tocándole el pecho para que me suelte. La acción le pilla desprevenido y puedo apostar, observando su semblante, que no se esperaba ésta actitud; una actitud frívola, pedante y bien odiosa... ¡Como a mí me encanta! —Lo... ¿Pensaste? —repite, con cierto temor en la voz. Ruedo los ojos en tanto me alejo varios centímetros. Levanto mi mano a la altura del rostro y... ¡Caramba, ésto de comerme la pintura de las uñas

