El sol filtrándose por las ventanas de la pequeña habitación iluminaba las hojas de papel esparcidas sobre la cama. Valeria Ruiz apoyaba el mentón en una mano mientras con la otra movía la pluma por el cuaderno, dejando rastro de letras negras sobre el papel blanco.
"...y en ese momento, ella entendió que el amor no necesitaba de grandes gestos para ser real. Basta con una mirada, una palabra bien dicha, un café compartido en la mesa de la cocina..."
"¡Valeria!"
La voz de Miguel la sacó de su concentración. Giró la cabeza y vio a su hermano menor sentado en su silla de ruedas, con un libro abierto en el regazo y una sonrisa en el rostro.
"Ya terminaste el capítulo 7?" preguntó él, moviendo los dedos de la mano derecha – la única que podía mover con facilidad.
"¡Casi, Miguelito!" Valeria se levantó y fue a sentarse junto a él, pasándole los dedos por el cabello castaño rizado que tenía igual que ella. "Quiero que sea perfecto. ¿Qué tal si te leo lo que tengo hasta ahora?"
"¡Claro que sí! Sabes que soy tu mejor crítico."
Valeria abrió el cuaderno y comenzó a leer en voz alta. Su voz cálida y melodiosa llenó la pequeña habitación, donde las paredes estaban cubiertas de dibujos que Miguel había hecho con sus manos y sus pies – paisajes de La Vega, flores, animales, y un dibujo grande en el centro que mostraba a ambos hermanos sonriendo.
Miguel cerró los ojos mientras escuchaba, moviendo su cabeza al compás de las palabras. Desde que tenía cinco años y el accidente que le dejó con parálisis cerebral, las historias de Valeria eran su refugio. Ella le había creado mundos llenos de magia, amor y esperanza – donde los problemas se resolvían con la bondad y los sueños se hacían realidad.
Cuando terminó de leer, Valeria miró a su hermano con los ojos brillantes: "¿Qué te parece? ¿Debería cambiar algo?"
"Me encanta", respondió Miguel, moviendo su mano derecha para tomar la de ella. "Solo una cosa – la protagonista debería tener más valor para decir lo que siente. Como tú."
Valeria rió, aunque en su corazón se sintió un poco triste. Valor... eso era justo lo que le faltaba. Había escrito docenas de historias, pero nunca se atrevía a enviarlas a ninguna editorial. Temía el rechazo, temía que le dijeran que sus palabras no valían nada.
"¿Has visto el correo electrónico que te envié ayer?" preguntó Miguel, inclinándose para tomar el celular que tenía en el mesón al lado de su silla.
Valeria tomó el dispositivo y abrió el mensaje. Era un correo de la editorial "Amanecer Literario", anunciando el "Concurso para Nuevo Autor 2026", patrocinado por "Cortés Global". Leía el lema en letras grandes: "El Amor Llama a la Puerta".
"Ya lo vi, Miguel. Es un concurso muy grande... seguro que participan miles de personas."
"¿Y qué? Tu escritura es la mejor del mundo. ¡Deberías enviar tu novela!"
"Mi novela aún no está terminada, mijo. Y además, los gastos de envío, la impresión... no tenemos dinero para eso."
Miguel frunció el ceño – sabía que su hermana trabajaba de sol a sol para mantenerlos a ambos, después de que su madre muriera de cáncer y su padre se fuera con otra mujer cuando él tenía apenas tres años. Valeria había dejado sus estudios de literatura para cuidarlo y ganar el pan de cada día.
"Ya pensé en eso", dijo Miguel, sacando un sobre del cajón de su mesón. "Es el dinero que he ido guardando de los regalos de cumpleaños y Navidad. No es mucho, pero con eso puedes imprimir el manuscrito y pagar la inscripción."
Valeria abrió el sobre y vio los billetes de diez y veinte pesos, cuidadosamente doblados. Se le llenaron los ojos de lágrimas – ese dinero era todo lo que tenía su hermano, y él lo quería gastar en sus sueños.
"Miguel... no puedo aceptarlo."
"Sí puedes. Porque cuando tu libro sea publicado, podrás ganar dinero para el tratamiento que me dijo el doctor en Santo Domingo. El que podría ayudarme a mover las piernas de nuevo."
Valeria abrazó a su hermano con cuidado, para no lastimarlo. El tratamiento del que hablaba costaba una fortuna, más de lo que ella podría ganar en años de trabajo. Pero la mirada de esperanza en los ojos de Miguel la hizo tomar una decisión.
"De acuerdo", dijo en voz baja, mientras las lágrimas caían por sus mejillas. "Lo haré. Escribiré el final de la novela y la enviaré al concurso. Por ti, Miguelito. Por nosotros dos."
Miguel sonrió con toda su fuerza – era la primera vez en mucho tiempo que veía a su hermana con ganas de luchar por algo que fuera solo para ella.
"¿Y cómo la llamaremos?" preguntó él.
Valeria miró por la ventana, hacia los campos de caña de azúcar que se extendían hasta el horizonte, donde el sol comenzaba a ponerse pintando el cielo de colores naranjas y rosas. Pensó en todas las historias que había escrito, en todos los sueños que había guardado en su corazón.
"La llamaremos... Cuando el Destino Toca tu Puerta", dijo con una sonrisa. "Porque creo que todos tenemos una puerta en nuestro corazón, y algún día el destino llega a tocarla."