Capítulo dieciocho
Anonadada, lo observo. Mi boca se abre mil veces y se cierra otras mil sin poder decir nada aún.
—Yo... yo no... —balbuceo y él sonríe mientras invade mi espacio personal. Me quedo quieta y con el corazón a millón.
—No esperaré que me respondas, Anastasia. Siempre consigo lo que quiero. Y lo que quiero ahora es tu boca en la mía —susurra y antes de que lo sepa, eso es exactamente lo que está pasando.
Su boca está en la mía incluso antes de que pueda pestañear. Me quedo inmóvil, sintiendo como su sabor, su olor, su esencia y su deseo se derraman en nuestro contacto.
Podría estar soñando, pero se siente tan real que lo dudo. Así que, sin importarme nada, ya que tal vez me arrepienta después, le devuelvo el beso y me aferro a él como él se aferra a mí.
Me está devorando, como si yo fuera un refresco en el desierto y él se estuviera muriendo de sed. Es un beso largo y lleno de sentimientos, al menos de mi parte, que no puedo identificar.
Quito mis manos de su nuca y empiezo a bajarlas a su pecho para alejarlo cuando me empieza a faltar el aire, pero él detiene el beso y retiene mis manos antes de que pueda hacerlo.
—Joder —musita, pegando su frente a la mía aún con mis manos en las suyas. Su respiración es tan agitada como la mía.
Nunca, en mis cortos dieciocho, me habían besado así. Quiero decir, no es que tenga mucho con qué compararlo, sólo me ha besado un chico una vez y fue algo inexperto, tímido y sin sentimientos. Por primera vez en mi vida me ha besado un hombre... y me ha dejado con ganas de más.
Bien... Parece que me comieron la lengua los ratones, o tal vez fue Christian cuando me besó, no lo sé. Lo que sí sé es que aun cuando estamos en el auto y llegamos al hotel, sigo sin habla.
Christian sube conmigo en el ascensor mientras su seguridad nos escolta. Estamos los cuatro aquí y cuando llegamos al piso que nos correspondo, salgo sintiendo mis piernas temblar.
Santa mierda... besé a mi jefe... ¡Y me gustó! Me estoy volviendo loca.
Uff... ahora sí que estoy jodida. ¿No se supone que iba a alejar todo tipos de pensamientos y sentimientos que tengo hacia este hombre? ¿Y ahora cómo se supone que voy a olvidarlo?
Christian se despide de Taylor y el otro tipo que aun no sé cómo se llama dándole órdenes sobre el viaje de mañana mientras Taylor le informa algo. Pero no escucho, voy directo a mi puerta y cuando estoy a punto de abrirla, lo escucho tras de mí.
—¿No me darás las buenas noches?
Respiro profundo y me doy la vuelta.
—Buenas noches, señor Grey.
Estoy sorprendida de que mi voz haya salido sin titubeos. Incluso me escucho suave y tranquila.
Me doy la vuelta nuevamente, entrando la tarjeta que funciona como llave para abrió la puerta, pero antes de que pueda pasar, él me retiene envolviendo su brazo al rededor de mi cintura. Mi espalda contra su pecho y su aliento caliente y con olor a menta lo siento en mi oído y provoca cosquillas en mi cuello.
—Todo será diferente ahora, Anastasia, simplemente no me detendré en tomar lo que quiero cada vez que lo quiera, ¿entiendes? —Me aprieta más contra él y siento algo duro clavándose en mi zona lumbar. Doy un respingo cuando supongo lo que debe ser. Voltea mi cara, atrapándola con su mano libre, y me besa suavemente y con calma en los labios—. Buenas noches, Anastasia.
Y con eso, se ha ido, dejándome completamente en shock una vez más en lo que va de la noche.
Como una autómata, me ducho, me seco, cepillo mis dientes, bebo un vaso de jugo, y me voy a la cama, donde aún tengo los ojos abiertos como platos.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que el cansancio del día me caiga de sopetón encima, pero cuando por fin logro cerrar mis ojos, en mi mente me persigue la pregunta que me he estado haciendo desde que entré a la habitación.
¿Qué estás haciendo, Anastasia?
***
La mañana siguiente, ya de camino al aeropuerto, me he propuesto, como cada día, evitar a mi jefe. Claramente, es imposible cuando soy tan con consciente de su almizclado olor, de su voz, de cómo sé que sabrá su boca, de cómo se siente estar envuelta en sus fuertes brazos...
Niego con la cabeza y subo al avión, planeando leer o dormir todo el camino para no tener que mirarlo, para no tener ganas de besarlo, para no pensarlo, lo que también es claramente imposible.
—Lambert, prepara todo para la gala benéfica del viernes por la noche. Despeja mi agenda para ese día, para así poder acompañarte a comprar algo para esa noche.
Despego mi vista de las paginas del libro y lo miro, mis ojos como platos.
—¿Que usted y yo qué?
—No me gusta repetir, Anastasia.
Voy a replicar pero su teléfono suena y se olvida por completo de mí.
Es claramente imposible que no puedo evitarlo por más que quiera.
¡Y claramente él es un idiota!
Un idiota que al fin y al cabo, tal y como él lo dijo una vez, sigue siendo mi jefe.