GABRIELA Mi despertador volvió a sonar y nuevamente volví apagarlo. No sé cuanto tiempo exactamente estaba en esta posición: cruzada de piernas con una taza de café entre las manos; aunque ya estaba vacía. Revisé mi reloj de mesilla, eran las seis y media. No pude pegar ojo en toda la noche, así que, al ver los primeros rayos de sol atravesar por mi ventana, me levanté y preparé este liquido marrón. No tenía ni fuerzas para ir a la empresa, aunque para ser exactos no tenía fuerzas para verlo a la cara. Sin embargo, faltando quince minutos para las siete, decidí moverme de la cama, camine descalza hasta mi vestidor a buscar un traje que muestre lo fuerte que estoy después de mis veinticinco. Me decidí por una falda tubo hasta por debajo de las rodillas en color negra, y una blusa que par

