Las mazmorras de la torre sur no tenían el lujo de Versalles, pero poseían una honestidad fría que Madeleine no podía manipular. El sonido de las gotas de lluvia filtrándose por los muros de piedra era lo único que rompía el silencio, hasta que la pesada puerta de hierro chirrió. Henry y Jeanne entraron. Él, con la autoridad de un rey que ya no necesita corona para ser respetado; ella, con la mirada afilada de quien finalmente está frente a frente con el monstruo que devoró su infancia. Madeleine estaba encadenada a una silla de madera. Su vestido de seda estaba rasgado y sucio, pero su rostro mantenía una rigidez aristocrática. Al ver a Henry, soltó una risa seca. —¿Vienes a buscar justicia, Henry? —escupió ella—. No existe tal cosa, solo existe el poder y quienes son lo suficientement

